10 canciones con un piano cabezón

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Testarudo: obstinado, perseverante, insistente.

Valga la definición porque quizá el título de esta entrada no deja del todo claro cuál es la línea transversal que une los diez temas que vamos a (re)descubrir en las siguientes líneas. Lo que comparten estas canciones no es más que un piano testarudo o, hablando en plata, un piano cabezón.

Siendo tajantes, lo cierto es que no hay un piano más cabezón que éste:

Aquí se ve claro. La misma nota una y otra vez. No hay más, es puro punk. Cualquiera de nosotros podría subir al escenario y tocar la parte del piano junto a Iggy Pop, Mike Watt y compañía.

En armonía, se llama pedal a la repetición de un mismo sonido mientras se suceden diferentes acordes. El siguiente nivel de esta técnica compositiva consistiría en repetir no un solo sonido sino una frase, lo que se conoce como ostinato. Así que hablar de testarudez o cabezonería del piano no era una analogía muy desacertada.

Más analogías: los recientemente popularizados drones deben su nombre a su parecido con insectos voladores que emiten un drone, es decir, un zumbido. Pues bien, al pedal que aquí nos ocupa también se le llama drone en inglés, término que ha pasado a convertirse en todo un género para incluir a la música cuya característica principal es sostener o repetir en el tiempo un mismo sonido.

Como si de un mosquito zumbón se tratara, o -peor aún- como si un niño pequeño golpeara sin parar el plato con la cuchara (recordemos: el piano son cuerdas percutidas), el pedal añade al ambiente un extra de tensión, dado que además es, casi siempre, una nota muy aguda. Por eso no es raro encontrarlo como broche de oro de una canción: en el clímax, la apoteosis, el grand finale.

Ahora sí, tras las necesarias explicaciones, estamos listos para encontrar el piano cabezón y disfrutar de estos diez temazos.

Jim O’Rourke – Simple Songs (2015)

 

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A estas alturas, poco le importaría a Jim O’Rourke ser reconocido ampliamente como un grande de esto, pero para algunos ya lo es. Su principal talentoes la volatilidad: nunca sabemos qué estilo va a tomar para el siguiente álbum, la siguiente canción, o incluso el siguiente compás. Así que, paradójicamente, resulta chocante que opte aquí por un sonido más o menos clásico, generalmente entre el pop de cámara y el piano rock de los setenta.

Y la otra sorpresa: el cantautor vuelve a cantar. Las primeras palabras que nos dedica el de Chicago en 14 años podríamos devolvérselas como el eco: Nice to see you once again / Been a long time, my friend. Desde el indie-rock de aquel Insignificance (2001), hasta esta “Friends With Benefits” inicial, no le oíamos fabricar una canción al estilo tradicional: con su voz –ahora más madura que nunca–, sus estrofas, y su… bueno, ese arrebato del final, que solo puede ser obra de un geniecillo siempre a la busca de nuevos horizontes.

Con su luminosidad y concisión, esta primera pieza nos propulsa a escuchar el resto del conjunto sin temor a toparnos con las cualidades dispersivas de otros discos de O’Rourke, como aquel The Visitor, su último álbum normal. Después de este primer pico, el segundo corte funciona como transición a ritmo de compás de amalgama. Imposible predecir los golpes de la batería. De ahí viajamos vivos a la tercera canción, “Half Life Crisis”, donde, primero el piano saltarín de cabaret, y después el resto de instrumentos, nos trasladan al glam de los trabajos de David Bowie junto a Mick Ronson. Incluso en la siguiente “Hotel Blue”, el timbre de voz de Jim y sus coros pueden recordar al mito inglés.

Llegados al clímax desgañitado de este cuarto tema, podemos avistar ya que este Simple Songs se caracteriza sobre todo por esa volatilidad que mencionábamos al principio. El ex miembro de Sonic Youth hace mutar cada canción modulando tonalidades, ritmos y texturas como sólo los más ambiciosos pueden lograr. Aunque lo niegue, el espejo en que se mira no es sino el de los grupos progresivos, como sus adorados Genesis. La inefable “Last Year” y la dolorida “End of the Road” son ejemplos de ello.

En estos ocho temas, Jim es, a su manera, un crooner del rock clásico. La épica coda de “All Your Love” pertenece, sin duda, a aquella era. Es fácil imaginarse al músico, encerrado en su domicilio de Tokio, ataviado con una de sus rebecas y revisando enteramente, canción por canción, su colección de viejos discos, mientras, como en la cubierta del álbum, da la espalda a todo lo que no sea hacer música.

Así es el hombre, así son también unas letras –crípticas en su sencillez, irónicas hasta rozar lo violento–, que promueven su fama de misántropo. Distancia que potencia un aura misteriosa. Y el misterio innegablemente otorga elegancia, pero es mayor la que destilan en todo momento los arreglos de cuerda, el piano, la voz.

Quizá queriendo seguir con su juego de distancias y ocultación, no es difícil percibir que, en la mezcla, la voz queda más enterrada de lo habitual, y que, en el otro extremo, es la batería la que adquiere mayor presencia. Muchos seguidores de O’Rourke se han rasgado las vestiduras, pues esperaban el carácter brillante y aterciopelado de algunos de sus trabajos al mando de la grabación y mezcla, como los aclamados Ys, de Joanna Newsom, Yankee Hotel Foxtrot, de Wilco, o su propio álbum Eureka. Pero seguro que Jim sabe lo que hace y tiene sus razones. Lo malo de este asunto y de la pequeña polémica desatada es que pueden disipar la gran atención que merecen estas Simple Songs a nivel compositivo.

Porque este álbum es emocionante, cantable y hermoso. Quizá no sea el más innovador de la temporada, pues bebe de instrumentaciones y modelos reconocibles; pero es muy inteligente, impredecible como un buen viaje y, por ello, duradero, casi inagotable. Algo que pocos discos consiguen hoy en día.

5 canciones pop con un saxo legendario

Lisa-s-first-time-with-the-sax-lisa-simpson-640763_512_384“A veces una canción necesita un elemento para terminarla, y sabes que ese elemento ha sido usado en exceso en el pasado y es visto como cursi o estereotipado, pero la canción lo necesita”.

Son palabras de Anthony Gonzalez, líder de M83, al ser preguntado por el solo de saxo de su ya mítica Midnight City. No le falta razón al músico francés, porque, ya sea en forma de solo o de un inspirado riff, el sonido del saxofón suele resultar celestial en nuestros oídos.

La primera canción que seguramente viene a la cabeza cuando uno piensa en una sección inolvidable de saxo es Baker Street, de Gerry Rafferty. Quizá su título no sea muy recordado, pero esta es “esa canción que toca Lisa” al final del episodio Los Simpson en el que se cuenta por qué la hija pequeña (uy no, mediana) de Homer empezó a tocarlo. Por cierto, el intérprete original asegura que el solo está desafinado (¡!).

Hay en nuestra pequeña lista otro caso -como el anterior- de tema ya clásico que puede ser más reconocido por una aparición más reciente. Se trata de Infinity, que arrasó en las listas de éxitos europeas tanto en 1990 como en su actualización de 2008. Aquí preferimos la original de Guru Josh, que para los nostálgicos es bastante más afortunada.

Por su parte, los siempre grandilocuentes Pink Floyd decidieron emplear no un saxofón sino varios, con diferentes registros, para la sideral parte V de Shine on You Crazy Diamond. Por eso no podía faltar aquí. Atención también al genial cambio de compás (de 6/8 a 4/4).

Para acabar el quinteto tenemos una pequeña sorpresa, un tema menos conocido. Cosa de gustos personales: El Guincho y su Muerte Midi.

¿Crees que nos dejamos alguna? Ahí tenéis los comentarios.

P.D.: Nuestro aplauso es para los intérpretes de estas secciones de saxofón, que no suelen aparecer con grandes letras. Aquí son James King (1), Raphael Ravenscroft (2), Dick Parry (4)… y no hemos encontrado a los otros dos.

EXTRA: Un poco de experimentación saxofonil a cargo de Colin Stetson.

Tres canciones sobre la masturbación

Podríamos poner más, pero en el sexo y en la música vale más la calidad que la cantidad. Aquí van tres buenas canciones cuyas letras aluden de forma más o menos explícita al acto onanista.

En She don’t use jelly, The Flaming Lips hablan de un tipo que “suena su nariz” con revistas. El ya clásico Hawaii-Bombay de Mecano señala la importancia de la ambientación. Y los Who no se cortan al describir la pericia manual de Mary Anne with the Shaky Hand, mientras de fondo suena un “sutil” güiro.

Tres formas diferentes de sentirse bien acompañado en un trance normalmente solitario, y de regalo un momento voyeur con la Persiana americana de Soda Stereo.

Studio – West Coast (2006)

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La vida es una playa, dice uno de los temas de este álbum. Dejando de lado el juego de palabras en inglés, el título no sorprende en el disco definitivo –con permiso de John Talabot–  del Balearic Beat, género veraniego como pocos.

Sea como sea, las playas tienen para todos algo, algo mágico, casi surreal, como bien sabía Fellini cuando situaba sus finales allí. De día o de noche, la playa suele ser el mejor lugar imaginable donde estar en verano.

Estos suecos (y ya son muchos buenos productores allí arriba) nos transportan a playas baleares –o escandinavas, no sé– para relajarnos con la brisa, bailar como en los tiempos de los Happy Mondays, o quedar en trance; todo a base de electrónica con ecos blueseros.

Un disco tan redondo como su portada.

Jolly Music – Jolly Bar (2000)

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“Los Daft Punk italianos”, dicen por ahí. Pero a mí este desconocido álbum me recuerda más bien a la cumbre del mix variopinto: el Since I Left You de The Avalanches.

Porque, como aquél, este es un refrescante cóctel de géneros girando en una batidora: principalmente nu-disco y funky house bañados en la brisa mediterránea, pero también percusiones brasileras, viejos vinilos clásicos, guitarras espaciales a lo Pink Floyd y hasta un sample de Julio Iglesias (¡!).

Ideal para amenizar la espera del deseadísimo segundo álbum de los reyes del sampleado, degustando una obra menos barroca, pero casi igual de veraniega.

NOTA: como indican las dos portadas, hay dos versiones de este disco. La que os dejo aquí es mi favorita, pero yo pude descargar ambas (creo) en soulseek.

Nueva Costa – El Gran Espíritu (2013)

Las portadas de los discos son un mundo digno de estudio. Las hay polémicas, las hay más bien sosas, y otras son totalmente risibles; pero solo algunas acaban siendo míticas. Seguro que conoces ejemplos de todos estos tipos.

La que nos trae esta banda chilena, sin ser nada del otro mundo, creo que cumple muy bien la función de situarnos en el escenario que “veremos” con los oídos cuando pulsemos ► : una enigmática noche tropical de desenfoque lisérgico.

Y –añado yo– alguien escuchando el primer disco de Pink Floyd a lo lejos.

Eternamente agradecido a @guillermotupper por descubrirme este grupo.

Siah & Yeshua DapoED – The Visualz EP (1996)

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Hay géneros que nos cuestan, y el hip hop suele ser uno de ellos, pero un poco de rap no hace daño a nadie. La clave está quizá en seleccionar muy bien lo que escuchas, para no caer luego en malos prejuicios.

Este EP es la única referencia que nos dejó este dúo neoyorquino, y con sus bases jazzísticas nos sumerge en una sombría atmósfera de humo bailando elegantemente en la penumbra. Algo así como estar en un garito de un film noir.

¿Quién podría resisitirse a entrar?