Crónica del festival Dcode 2016

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Por: Jesús Boyero

(Publicada originalmente en Indiespot)

Es fácil darse cuenta de que el Dcode es un evento venido a menos, y no solamente porque sus últimas ediciones hayan durado una jornada en lugar de dos, como solía ser. En esta ocasión, por ejemplo, percibimos su escasa masificación, que es, sin embargo, positiva a la hora de pedir comida y bebida. Pero es que, además, el cartel de este año proclamaba a gritos la necesidad del festival de aglutinar al mayor rango de públicos posible. Prevenidos de esto, nos disponíamos a dejarnos sorprender por la variedad y extrañeza de la propuesta musical.

Nuestra jornada empezó a media tarde, en las postrimerías de la actuación de Jimmy Eat World. Los imprevistos nos impidieron estar a tiempo para disfrutar de todo el set de rock alternativo de corte emo con el que la banda de Arizona alcanzó cierta popularidad allá por el cambio de siglo. Por suerte, llegamos en pleno vendaval guitarrero con ‘Sweetness‘ y pudimos apreciar cómo la energía de la banda obtenía gran respuesta del público, entregado a corear ‘The Middle‘.

Un buen comienzo que no tuvo continuación con Oh Wonder, enésimo dúo inglés de pop indie buenrollista inofensivo. Ni siquiera un solo de saxo nos sacó del letargo, así que fuimos a coger sitio para una de las actuaciones más esperadas, la de los estadounidenses Eagles of Death Metal, que habían cancelado su paso por Madrid en dos ocasiones recientes, una de ellas cuando su gira se vio truncada por los atentados de noviembre en París. La banda de Jesse Hughes y el ausente Josh Homme es de esas que ganan –y mucho– con el directo. El show que monta su alocado frontman es siempre digno de verse: poses, bailes, lanzamiento infinito de púas, interacción con sus colegas y con el público (especialmente el femenino) y, entre canción y canción, parecía encarnar a un predicador devoto del rock and roll con sus speeches cachondos –recordemos que tiempo atrás “The Devil” Hughes escribía discursos para el Partido Republicano yanqui.

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Todo esta parafernalia deja en segundo plano la parte musical, que está lejos de la excelencia. Más aún cuando su hard rock simple pero sexy es perjudicado por un sonido deficiente, como fue el caso. La voz de Jesse, sin ir más lejos, sonaba bastante baja, y el colmo vino cuando el solo de guitarra de su versión de ‘Moonage Daydream‘ apenas podía oírse. Eso sí, la invocación al espíritu de David Bowie nos puso los pelos de punta. La cosa acabó en alto, con la estupenda ‘Speaking in Tongues‘, seguida por devaneos como el ‘Ace of Spades‘ de Motörhead a cargo de bajista y batería y finalmente cerrando con un reprise. Pero pese a este esprint final, nos quedamos con el regusto del dicho popular: “mucho lerele y poco lorolo”.

Las siguientes actuaciones no parecían hechas para nosotros, de modo que las vimos de reojo. Primero vino Zara Larsson, especie de Rihanna sueca que cantaba electropop acompañada de cuatro bailarinas y, ya de noche, los irlandeses Kodaline no pudieron convencernos para acercarnos a ver su mezcla de folk pop a lo Mumford & Sons (coros, armónica, etc.) y baladas con piano cercanas al estilo de Coldplay. Por si la falta de personalidad propia fuera poco, al cantante se le escapó algún que otro gallo.

Aprovechamos para cenar durante Love of Lesbian y, atraídos por la mitología, vimos a Bunbury. Puede que tenga más tablas que ninguno de los artistas del Dcode, pero al perro viejo le falta vida y espontaneidad. Sus poses supuestamente intensas no engañan: el repaso a sus composiciones de aires latinos, cabaret y blues, y la cosecha de temas míticos de Héroes del Silencio bajo un envoltorio artificial se nos hizo, por desgracia, tedioso. Sin variación dinámica ni hueco para la sorpresa, de poco vale la voz privilegiada a lo Elvis o tener en plantilla a Jordi Mena y su guitarra.

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Otra razón por la que la actuación del aragonés se nos hizo larga es que esperábamos con ganas a los británicos Jungle. Ante el dilema de ver a los ingleses o degustar un plato nacional que no suele fallar al estómago –Triángulo de Amor Bizarro–, nos decantamos por el synth funk con tintes soul y desde el primer instante supimos que no nos habíamos equivocado: la intensidad alcanzó cotas excelsas y la coralidad del colectivo cedía el protagonismo a ritmos y timbres irresistibles. Asomaron canciones que acabarán en su segundo disco, para el que no sospechamos un gran salto, pero todas las piezas dieron la talla, gracias al sonido perfecto y a la intensidad del directo. Junto a los temas nuevos, la guinda la pusieron sus personales hits como ‘Busy Earnin‘ y ‘Time‘, que desataron irremediablemente el baile y la sonrisa.

Con este buen sabor de boca, una nueva disyuntiva: el desparrame de 2manydjs o bien Delorean y sus texturas atmosféricas. Y aunque los belgas quisieron seducirnos desde el comienzo pinchando ‘What Time Is Love?‘ de KLF en su versión más trallera, optamos por la naturalidad que se le supone a un grupo con instrumentos. Pero hubo poca: pese a contar con batería, guitarras y sintes, el grupo de Zarauz abusó del pregrabado y la voz de Ekhi se escuchaba perdida en la masa sonora. En su repaso al reciente Muzik faltaron variaciones dinámicas y gancho para cautivar al público, y sólo en momentos contados fuimos abducidos por un ambiente o un crescendo, como en la espiral de ‘Limbo‘ o en el tema que da título al disco. En un segmento posterior del concierto cogieron las guitarras, pero no por ello el sonido se hizo más orgánico. En definitiva, faltó enjundia y echamos de menos viejas tonadas, pero al menos el sampleo de ‘Ride On Time‘ de Black Box fue un grato clímax final.

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Con curiosidad pero pocas fuerzas nos asomamos a ver qué había preparado el productor Mark Ronson, que cuenta en su haber con un extenso currículum de colaboraciones con estrellas. Las peores sospechas se cumplieron: un triste DJ set que pretendía desatar la euforia a base de éxitos de artistas como Kanye West o Kendrick Lamar. El panorama no invitaba a quedarse y a los pocos minutos decidimos cerrar nuestro Dcode 2016, llevándonos un sabor un tanto amargo.

Sirva entonces una pequeña historia para hacer una reflexión en positivo. Al poco de salir del recinto del festival, topamos con un trío de almas errantes que nos invitaron a conversar junto a sus autocaravanas. Uno de los chicos y su pareja se habían acercado al festival para ver, por fin, a Eagles of Death Metal. En un momento dado, él sacó su armónica y se arrancó a tocar unas pocas notas. La breve melodía no solo alivió nuestro disgusto, sino que en apenas diez segundos de interpretación con el pequeño instrumento sentimos más que lo que seguramente hubiéramos obtenido en hora y media de Mark Ronson tocando botones. Un momento que permanecerá en la memoria y que pertenece a esa clase de anécdotas que quizá solamente suceden en festivales. Por ello, deseamos que el Dcode siga celebrándose por muchos años pero, a nuestro modo de ver, puede y debe mejorar.

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15 canciones con una melódica

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Por: Jesús Boyero

Para desengrasar un poco después de nuestra última serie de artículos, densos y ligeramente enloquecidos, traemos una recopilación simple pero generosa. Ni más ni menos que 15 canciones con una melódica, mientras que nuestra lista más amplia hasta el momento contaba con la increíble cantidad de 5 temas.

Al grano. Seguro que conoces -o no- este instrumento inventado por la marca Hohner en los años 50. Su ligereza y sencillez hacen de la melódica un complemento ideal para tus fiestas. Este “teclado de soplar” se toca con una o dos manos, en este último modo espirando a través de un tubo largo. Emite un sonido parecido a la armónica o al acordeón, aunque quizá un poco más estridente.

No obstante, la melódica se identifica a menudo con latitudes tropicales, quizá porque fue popularizada en Jamaica allá por los años 70, cuando el pequeño instrumento trascendió el ámbito de la educación musical para niños. En concreto, fue el músico de dub Augustus Pablo quien abrió las puertas a su posterior repercusión internacional. King Tubby Meets The Rockers Uptown es su pieza más célebre.

El propio Pablo es invitado a poner su sello en Star de Primal Scream, otra de las canciones de nuestra lista. También parece cumplirse el tópico del trópico cuando escuchamos Grape Juice City de Ratatat.

Pero atención: la melódica tiene registros muy diferentes, pudiendo incluso sonar opresiva, tal y como logró Ian Curtis de Joy Division en Decades, apocalíptico cierre musical a su efímera vida. Tras su fallecimiento, el grupo de Manchester se transformó, como todo el mundo sabe -o no- en New Order. Éstos abren su mágnifico disco Low-Life en Love Vigilantes evocando un lugar exótico, mientras oímos el inicio de la historia de un soldado: Oh I’ve just come from the land of the sun… La icónica banda de los años ochenta nos lo ha puesto fácil para hilar las canciones, pues recordamos también un solo de melódica en Electronic Renaissance de Belle & Sebastian, homenaje claro a aquella Procession de la banda de Bernard Sumner, Peter Hook y compañía.

Pocas veces tomará tanto protagonismo el pequeño instrumento, que a menudo es casi “invisible”. Seguro que todos hemos pasado por alto -o no- que la épica Champagne Supernova de Oasis se apoya en una melódica. Es el colofón a un disco brillante, al igual que Midnight Cowboy de Faith No More, inevitablemente poseedora de un aire crepuscular. Esta versión de la pieza compuesta por John Barry para la mítica película comparte halo de misterio -y de cierre también- con la melódica que remata A Name, de John Frusciante.

Otro caso en el que el instrumento de Hohner está pero quizá no nos habíamos dado cuenta es la melódica juguetona, con aires de music hall, del clásico Sunny Afternoon de The Kinks. Más fácil es percatarse en un par de temas del Entertainment! de Gang of Four: 5.45 y el bonus track It’s Her Factory. Se atreve a asomarse incluso en medio del post-hardcore, cuando ponemos I Hate The Kids de Hot Snakes. Van ya muchos ejemplos y se nota -o no- el cansancio al leer, pero no queremos olvidar la canción donde creemos que la melódica funciona mejor: durante el letargo de Absent Friend de Bark Psychosis.

Para acabar, no puede faltar un apasionado de la instrumentación variada: Brian Wilson de los Beach Boys. Estamos seguros -o no- de que en aquel fallido Smile, la increíble Cabinessence incluye otro asomo de melódica (¿quizá armónica?) en forma de dos arpegios que se entrecruzan. Fin de la cháchara, ¡a escuchar!

KLF: 23-1 años después del 23 de agosto (Parte III)

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(Empezó en la Parte I)

y

(Viene de la Parte II)

Cuando hay un 2, hay un 3. O un 23.

Era 1991, Los KLF estaban en la cresta, gozando de la atención del mundo. Billy Drummond y Jimmy Cauty eran los amos del cotarro musical y propagandístico, gustaban de dar la nota y también -importante- crear hits, temas de pop perfecto. Su siguiente salto fue pasarse a la colaboración, esta vez con una diva de verdad y no en una grabación robada, como en aquel Whitney Joins the JAMs. La “reina del country”, Tammy Wynette, célebre por su antigua canción Stand by Your Man, es reclutada por KLF para unirse a ellos en este himno genial titulado Justified & Ancient (Stand By The JAMs).

La reina se sienta en la cúspide de la pirámide, pero los que verdaderamente hacen cumbre aquí son KLF, con una mezcla de culturas, estilos… Hay rap, house, un riff de Jimi Hendrix,  una diva country y hay los coros de la tribu. En fin, seguramente hablamos del mayor mash-up jamás creado.

Por entonces, es casi imposible no darse cuenta de que KLF es oro y, por supuesto, el enemigo se da cuenta. En 1992, son nombrados “Grupo del Año” en los Brit Awards, premios de la música británica. Les están invitando a unirse a ellos, a unirse a las fuerzas del Mal. Y además les invitan a actuar en la mismísima gala de premios. Una oportunidad única para los terroristas musicales.

KLF quieren sembrar el terror e imaginan algunas ideas, que finalmente son desechadas por la dificultad para ser llevadas a cabo. Se ha hablado, por ejemplo, de desmembrar un elefante sobre el escenario, en directo para millones de hogares.

Finalmente, optan por invitar a una banda de metal extremo con cantante de voz gutural. ¿Estopa? No, Extreme Noise Terror. Salen al escenario para interpretar una versión brutal de 3 AM Eternal y, aprovechando el lugar privilegiado y la ocasión ideal, Billy Drummond, el cabecilla de los terroristas anarquistas denominados KLF, termina la canción con una traca final de balas disparadas desde su ametralladora hacia el público.

Aunque resultan ser de fogueo.

To the bridge now!

Este acto representaba el final de una era. Quizá formaba parte de El fin de la Historia, título del célebre libro que salió ese mismo año. Caía el Muro, y terminaba todo. KLF, es decir, Billy Drummond y Jimmy Cauty, se retiraban de ese escenario y se retiraban del business, pero a su manera.

KLF desaparecían, como una estrella fugaz, y querían desaparecer de verdad. Decidieron quemar todos sus discos, toda su obra, como acto de expiación, de negación de una industria, de un poder maligno y devorador que les quiso devorar a ellos también, con reconocimientos y con ese aplauso final, nada más ser disparados.

Por desgracia no podían quemar los vinilos que habían sido adquirido por los fans, y la música de KLF se conserva para gracia de los que no vivimos aquella efímera época. El fuego purificador también se había llevado, unos pocos años antes, los discos que destruyeron The JAMs (KLF), hostigados por los abogados de ABBA, grupo al que habían sampleado sin pudor.

Tras esta gran hoguera de vinilos, ¿qué les quedaba a KLF? Les quedaba la pasta, mucha pasta. Y la expiación no era completa si esa pasta seguía ahí. Podían quedársela, sí. Podían donarla, sí. Podían hacer muchas cosas con ella, sí. Pero decidieron ir a una caseta en una isla perdida de Escocia y allí quemar, delante de los medios de propaganda, la nada desdeñable cantidad de…

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… un millón de libras esterlinas.

One million quid. Cientos de millones de pesetas. Era el 23 de agosto de 1994. Billy Drummond y Jimmy Cauty quemaron 1 millón de libras. Eran KLF, o bien un par de gilipollas, según se mire. Lo hicieron y después dijeron no saber por qué. Juraron por escrito no dar una respuesta a ese por qué durante los siguientes 23 años. Echemos cuentas: eso es dentro de un año. El 23 de agosto de 2017 , quizá ese par de gilipollas, los KLF, tengan algo que decir al mundo. KLF han estado desaparecidos todo este tiempo, salvo por una breve actuación de 23 minutos en 1997, titulada Fuck the Millenium.

Mientras algunos esperamos, alguien se ha preocupado de indagar en ese por qué. Y cree haber dado con la respuesta, por eso ha escrito un libro explicándolo.

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Este no es el típico libro que cuenta la historia de un grupo musical. De hecho, todo lo que aquí hemos mencionado apenas ocupa un pequeño espacio en sus páginas, sino que su autor, John Higgs, desvela la increíble verdad sobre el mundo, el ser humano, la Historia, la cultura, la música, el dinero, los misterios, las religiones y los gilipollas.

Este libro te da una verdad que puedes creer o no, como este relato en tres partes. Ambos son relatos, modelos, y quizá merezca la pena creérselos durante un tiempo para llegar a la cúspide. Aquí, por ahora, creemos en KLF sobre todas las cosas. Lo que hicieron puede gustarte más o menos, su música llegarte o no, pero creemos que KLF son ejemplo de una carrera musical brutalmente inteligente, de un entendimiento vital mucho más amplio de lo habitual. No queremos gritarlo pero… sí, eran genios.

¿Lo volverán a demostrar 23 años después del 23 de agosto de 1994?

Por: Jesús Boyero

KLF: 23-1 años después del 23 de agosto (Parte II)

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Por: Jesús Boyero

(Viene de la PARTE I)

En el fragmento anterior, nos quedamos hablando de Whitney Joins The JAMs. The JAMs era uno de los nombres que adoptaron KLF antes de llamarse KLF. Son las siglas de Justified Ancients of Mumu, extraño nombre procedente de unas novelas: The Illuminatus Trilogy, que, como es obvio, hablan de los hoy famosos Illuminati, la secta secreta que gobierna y controla el mundo desde la sombra.

Novela o realidad, verdad o mentira, lo que sí es seguro es que es fácil encontrar, especialmente en eso que llaman “productos culturales”, simbolismos referentes a todo este mundo oculto. Es fácil… siempre que uno no tenga los ojos bien cerrados. La película Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, los tiene a porrones.

Existe la teoría de que el cineasta rodó el falso alunizaje del Apolo 11, después huyó y se recluyó en Gran Bretaña, dejó pistas en sus obras y finalmente murió asesinado nada más conseguir estrenar el film mencionado. Parece una locura gigantesca, pero hay tantas cosas que encajan que es difícil negar rotundamente la existencia del control mental, la multiplicación de las personalidades, y demás malicias de la sociedad secreta de los iluminados. Parafraseando al meme: “no digo que sea una conspiración, pero… ¡es una conspiración!”.

El imaginario de KLF no se queda atrás en símbolos sacados de la trilogía sobre los Illuminati, en la que los Justified Ancients of Mu Mu son quienes combaten contra este gobierno oscuro.

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El ojo en la pirámide (símbolo de los Illuminati), y el logo de KLF.

Estos malignos malhechores ejercen su malvado control también en el ámbito de la industria musical. Para luchar contra ello, nació el Kopyrite Liberation Front: los KLF. ¿Y qué mejor manera de destruir la industria sino desde dentro? ¿Y qué es lo que más le joroba a la industria musical? El pirateo. El sampleo ilegal, por la cara. Los que controlan ponen su Kopyright porque quieren su dinero, sus billetes de dólar. Así pues, el plan de KLF está claro: samplear y triunfar. Ellos no eran artistas: eran anarquistas, terroristas musicales, sin dinero y sin talento. Sólo les quedaba samplear por la cara.

En 1988, bajo el nombre The Timelords, Bill Drummond y Jimmy Cauty -es decir, KLF- colocan un single en el número 1 de las listas de ventas, sin apenas experiencia musical previa, más que algunos primitivos medley-mashups, hechos sin licencia para poder samplear, como aquel de Whitney.

Y entonces, con todo el morro, van y publican un libro, un manual, y lo llaman The Manual: cómo lograr un número 1 fácilmente. Al parecer, el texto ha logrado influir en multitud de aprendices en busca de la fórmula para fabricar pop perfecto. Funcionara o no, el libreto era en realidad una llamada a las armas, casi como si fuera un manual para hacerse rico robando bancos.

Aquel número 1, por supuesto, no era una canción nueva, sino un robo en toda regla. Bajo la temática de la mítica serie británica Doctor Who, sampleando la sintonía de su cabecera, además de la también mítica canción Rock & Roll part 2 de Gary Glitter, esto fue lo que enganchó al público en ese momento:

Efectivamente, es una canción cutre, muy cutre. Cabe preguntarse entonces ¿cómo pasaron KLF de engendrar esto a crear gloriosos himnos? Desde luego su ambición creció desde este punto hasta el infinito. Parece que al principio sólo buscaban divertirse y reírse del enemigo. Pero, en una fase posterior, entendieron cómo funcionaba el sistema, le cogieron el gustillo a la música y crearon grandes cosas, además de tomarse muy en serio lo de reírse.

Después de lograr la atención con este número 1, KLF se embarcaron en producir la Santísima Trinidad de la Tralla que presentamos en la primera parte. Estos tres temas empezaron teniendo un envoltorio de acid house o pure trance, etiqueta con la que KLF bautizaron a su sonido, antes de que naciera el género así llamado. Esta era la música de las fiestas rave que marcaban la explosión del Segundo Verano del Amor allá por 1988 y 1989. Después KLF hicieron mutar este envoltorio hacia la forma de hip house con la que finalmente triunfó para el gran público, la audiencia sentada ante la MTV. Con sus vídeos radicales, llenos de energía, KLF están en la cresta, y se forran vendiendo discos.

Entonces van más allá y se ponen a hacer una película -tal vez un videoclip muy largo- llamada The White Room. En cualquier caso, se trata de una road movie que, pese a no haber sido lanzada oficialmente, puede verse en internet. En ella, el dúo viaja por desiertos solitarios en una experiencia casi mística.

Aunque, para viaje auténtico, el que dibujan en su primer álbum de verdad. Sentados en la cúspide de la pirámide, KLF lanzan a principios de 1990 un disco que pilla a todo el mundo a contrapie. Un viaje de música fundamentalmente ambient que les hará definitivamente inmortales. No queremos describirlo musicalmente, sólo hay que escucharlo. Lo mejor es hacerlo tumbados, relajados, de noche. La oscuridad se inundará de imágenes que viajan por ondas sonoras, de sueños, paisajes y recuerdos, bellos y dolorosos, en forma de viejas melodías, voces, traqueteos… La vida, amigos. 45 minutos.

 

(Continúa y termina en la PARTE 3)

KLF: 23-1 años después del 23 de agosto (Parte I)

Por: Jesús Boyero

Pedimos disculpas de antemano por mezclar discurso musical con filosófico. En este blog nos gusta transmitir emociones pero también ceñirnos más de lo normal al análisis musical concreto y no dejarnos llevar por las sensaciones. Pero KLF no se pueden explicar como músicos al uso, sino que su música representaba solo la punta del iceberg, la cúspide de la pirámide que continúa bajo la tierra.

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Al grano. Los Perdidos creemos esencial para la felicidad el no perder la cordura ante lo absurda e irritante que puede ser la vida. Para ello, es bastante sano entender la naturaleza efímera de las cosas. La vida, el arte, el amor. Y es bastante inteligente darle una vuelta de tuerca a esta característica y jugar con la caducidad, más aún enfangados en la charca mediática donde reina lo perecedero.

Como una estrella fugaz, la carrera artística de KLF brilló por última vez en una llamarada el 23 de Agosto de 1994, y tal efeméride nos sirve para desgranar un poco nuestro proceso de conocimiento, fagocitación y abrazo (seguramente efímero) al ente artístico más impactante que recordamos. Porque además de efímero, KLF fue divertido, comprometido y misterioso.

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Aquí empieza la historia, con el tótem. Esta era la imagen que habíamos tenido por muchos años en mente, asociada a las siglas KLF. Y el sonido que emanaba de ella era electrónico y festivo pero todavía básico, tosco, bruto, sin pulir. Inmaduro en comparación con otras cosas posteriores del mismo estilo.

Decidimos volver a probar suerte, colocarnos de nuevo frente a este tótem de altavoces. Tecleamos K, L, F, y esperamos la respuesta. Lo que desatamos fue un huracán.

“KLF IS GONNA ROCK YOU”. Y tanto que sí. La sacudida es brutal, y usar el teléfono como instrumento es un detalle genial.

¿Cómo pudo cambiar de forma tan drástica nuestra impresión? La nostalgia es una ola que golpea muy fuerte. Pero también es cierto que este trallazo de hip house no se parecía mucho al sonido ácido con el que habíamos asociado a KLF. Descubriremos poco a poco que es imposible atarles a ningún género.

Azotados por la actitud y la escenografía, decidimos entonces arrojarnos al tren que nos lleva de vuelta a ese lugar mágico que -ahora lo sabemos- se llama Trancentral. Volumen al 11, atentos:

Intensidad elevada al máximo. Y esa sección intermedia… no es de este mundo.

Terminemos esta introducción a la música de KLF con el tercer tema localizado en Trancentral, completando así una especie de Santísima Trinidad de la Tralla.

Sirva también esta canción como ejemplo de dos o tres características esenciales de la música de KLF.

Por un lado, las versiones de un mismo tema, tocando palos radicalmente variados. A priori parece que KLF “no eran un grupo de discos sino de singles”, si bien esto no significa -como es habitual cuando se recurre a esta frase- que tuvieran sólo algunas canciones buenas y el resto fueran más bien mediocres. Lo que hacían KLF era engendrar una pieza y después hacerla mutar a diferentes formas, en versiones que completaban las caras de los singles. De este What Time Is Love? recordamos tres encarnaciones:

  1. La normal que acabamos de ver y escuchar.
  2. La Pure Trance.
  3. La America, que supera en salvajismo a todo lo anterior.
  4. Como extra queremos mencionar una pieza distinta, America No More (Just the Pipe Band), que ensanchece al hombre más pequeño.

Con ustedes, el vídeo de America: What Time Is Love? Se recomiendan gafas protectoras.

Es fácil captar aquí otra característica fundamental de KLF: el sampleo. Utilizar secciones de otras grabaciones para construir la tuya. En este caso se trata del riff de Ace of Spades de Motörhead, pero la lista de artistas sampleados por KLF en su corta carrera es extensa y célebre:

  • Jimi Hendrix
  • Pink Floyd
  • Elvis Presley
  • Fleetwood Mac
  • MC5 (ese “Kick out the JAMS motherfuckers!!!” que desata como un trueno What Time Is Love?)
  • Van Halen
  • Angelo Baladamenti (el tema principal de Twin Peaks)
  • Kraftwerk
  • ABBA
  • 808 State
  • Acker Bilk

Y una más: Whitney Houston, para una canción llamada Whitney joins the JAMS. Con todo el morro, los JAMS -uno de los nombre anteriores de KLF- titularon así este ecléctico pero primigenio cóctel de samples, como si se tratara de una verdadera colaboración con la diva pop.

Desde esta referencia ya avistamos el meollo. Porque samplear es como tomar prestado, algo con lo que no todo el mundo está muy de acuerdo, especialmente aquellos que se sienten robados. En este caso, las discográficas. De ahí parte el supuesto significado de las siglas (Kopyrite Liberation Front, 23 letras) y un sinfin de efímeros asuntos divertidos, comprometidos y misteriosos que hacen de esta la historia más genial jamás contada.

(Continúa en la PARTE II)

5 canciones que anuncian el estribillo

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Por: Jesús Boyero

La selección que traemos aquí puede parecer un poco rara, lo admitimos. En este caso nos hemos fijado en la letra (¡en inglés, ni más ni menos!) y por ello hemos recogido un grupo variopinto de canciones.

En concreto, hemos centrado nuestra atención en piezas donde el cantante avisa o, sin preámbulos, da el pistoletazo de salida al estribillo que está apunto de desatar. La palabra mágica es… ¡¡CHORUS!!

Hecha la recopilación, descubrimos que este recurso al que podríamos bautizar como metamusical –música que habla de sí misma- aparece en temas que, pese a su peculiaridad, comparten una vena eminentemente pop. Hemos pescado cinco artistas de talles muy diversos, que quedan retratados en sus manera de referirse al diminutivo del apoyo de la montura.

Wire disparan sin rodeos. Eminem anuncia a bombo y platillo, como maestro de ceremonias (MC). Stephen Malkmus de Pavement te lo avisa como un colega, pero Andrew Bird tiene la delicadeza de un amante.

Sobre estos cuatro estandartes se corona el más listo. Fat Mike de NOFX tira de ironía y desata carcajadas al redoblar la apuesta y escribir la mejor letra metamusical posible en este mundo.

PD.: La canción extra es una que no anuncia el estribillo pero habla sobre él, y encima es más pop que las otras.

Los Chichos en Primavera Sound 2016

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Por: Jesús Boyero

(Publicado originalmente en Indiespot)

El nombre más chocante del cartel congregó a una multitud muy heterogénea entre los que había curiosos –los más–, gente con un pasado ajeno a lo indie y fans que coreaban las canciones de cabo a rabo, incluyendo trabajadores de los servicios de limpieza. No faltaban tampoco unos pocos guiris que habían decidido seguir la llamada de la rumba. En medio de una mezcolanza así, muchos coincidimos en que la cosa iba de desatarse de las poses y dar rienda suelta al gitaneo. Otros, por contra, abandonaron pronto sus puestos en las primeras filas, de lo que se deduce que el acontecimiento era casi más social que musical y quizá algunos habían ido hasta allí sólo para contarlo.

Pero para Los Chichos, todos, sin distinción, éramos chicheros. Vacío de complejos, el trío –en el que Junior sustituye a “el del medio”, el recordado Jero– salió a hacer lo propio de cualquier otra actuación. Hubo tiempo para quejíos, disertaciones sobre amor, delincuencia o libertad, intentos de sing-alongs en los que Emilio se quedaba un tanto solo, y cánticos verbeneros. Aunque estén en su supuesta gira de despedida, el que tuvo retuvo, y con sus voces y una competente banda sostuvieron himnos como ‘Son ilusiones‘, ‘Amor de compra y venta‘, ‘El Vaquilla, ‘Quiero ser libre‘ y ‘Ni más ni menos‘. Tonadas que no brillan tanto como en aquellos discos de los setenta, cargadas de vistosos arreglos, pero que forman parte de la historia de una sociedad.

Los Chichos se saben mitos y presumieron de tener cientos de canciones, pidiendo perdón por no poder tocar todas las que el público desearía. Pero la que quizá se echó en falta con más razón fue ‘Campo de la Bota‘, por la mística que habría generado la referencia al barrio de barracas que hubo a escasos metros del escenario donde, la noche del sábado, los reyes de la rumba trascendieron su hábitat natural para agrandar un poco más su leyenda.

Brian Wilson performing Pet Sounds en Primavera Sound 2016

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Foto: Pablo Luna Chao

Por: Jesús Boyero

(Publicado originalmente en Indiespot)

El nombre del líder de los Beach Boys aparecía entre los estelares del cartel de esta edición, en el papel de cita destacada para nostálgicos. Acompañado por Al Jardine, Blondie Chaplin y hasta una docena de músicos, la presencia de Brian Wilson reviviendo uno de los mejores discos de la historia del pop prometía sonrisas y lágrimas.

Lo más comentado durante y después del concierto era el deterioro físico de Wilson, quien, parapetado tras un teclado que apenas utilizó, cedía las lineas vocales agudas al falsete de Matt Jardine (hijo de Al). No obstante, queremos romper una lanza por el genio californiano: antes de las canciones, Brian las presentaba con cierta energía y parecía estar disfrutando con traernos un pedacito de la historia de la música. A su edad y tras lo pasado, tal vez lo mejor sería quedarse en casa, pero recibir el cariño de la gente le hizo esbozar sonrisas, y su música hizo brotar en nuestros ojos las lágrimas.

La interpretación de Pet Sounds se ciñó firmemente al guión establecido en la grabación que acaba de cumplir 50 años. La mayor alteración quizá tuvo lugar en el tema homónimo, donde los solos de saxo y percusión levantaron muy arriba la brisa exótica. Como el álbum se queda corto para abarcar una actuación entera, esperábamos algunos bises. Pero no tantos como los once temas de surf, doo wop y rock and roll que conformaron un concierto totalmente distinto. Tras ‘Good Vibrations‘, Wilson cedió el protagonismo, y lo asió con fuerza Blondie Chaplin con su actitud de Rolling Stone, llevando la intensidad a un punto muy lejano a ‘God Only Knows‘ o ‘Caroline, No‘. Clásicos como ‘Surfin’ USA‘ y ‘I Get Around‘ hicieron bailar incluso al sector parlanchín que, una vez más, no había respetado la experiencia de los demás, pero la atmósfera de este segundo acto de la función se nos hizo rara al compararlo con el primero. Por esta razón y por el archimencionado estado de la estrella, el regusto final fue un tanto agridulce.

Boredoms en Primavera Sound 2016

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Foto: Pablo Luna Chao

Por: Jesús Boyero

(Publicado originalmente en Indiespot)

Diez años después de su primer paso por el festival, Boredoms volvían al Fórum, aunque enmarcados en un horario muy distinto. Si entonces fueron programados a las 3 de la mañana, este año la cosa se adelantaba hasta la hora del bollicao. Fue un cambio apropiado, porque lo que entregaban en esta ocasión los japoneses era una presentación con carácter algo más introspectivo, muy distinta también del círculo de 10 baterías formando un verdadero tornado sónico, configuración que –según nos consta– el Primavera intentó traer hace varias temporadas.

Más de uno soñábamos esta vez con una estructura similar y, ¿por qué no?, también con escuchar algo de aquellos Super æ o Vision Creation Newsun por los que conocimos y nos enamoramos de Boredoms. Sin embargo, no corrimos esa suerte porque el trío –o quinteto, si incluimos a sus dos aliados– venía sin guitarras. En cambio, contaban con algunos instrumentos insólitos –cómo no, de percusión–, incluyendo dos varas metálicas colocadas a semejanza de listones deportivos. También eran dignas de verse las histriónicas técnicas corporales de Yamantaka Eye para aproximarse al micrófono, que transmitía su voz y gritos para ser modulados de mil formas en la mesa tras la que se parapetaba. Durante una hora escasa, el resto de elementos sonoros en juego fueron sobre todo armonías droneras, ruidos electrónicos, redobles tribales que marcaban compases inusuales y platos de batería que inducían al trance.

Para los menos familiarizados con lo experimental, la vivencia tal vez fue más digerible a la vista que al oído, más aún tratándose de uno de los primeros conciertos de la tarde. Pero Boredoms consiguieron gestar un caos –planificado y ejecutado con precisión japonesa– que sin duda hizo las delicias de los amantes de lo extremo.

The Avalanches en Primavera Sound 2016

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Por: Jesús Boyero

(Publicado originalmente en Indiespot)

El veredicto de la primera actuación mundial de The Avalanches en muchos años es cuestión de perspectiva: contrapicado o picado. “What does that mean?”. Euforia o decepción. Recordemos que eran dos los shows de los australianos anunciados en la programación del festival: viernes en el Fórum, domingo en la sala Apolo. Gracias a este díptico pudimos experimentar ambas sensaciones.

El largo y esperado proceso de regreso del colectivo había sido tan doloroso para los fanáticos que la respuesta a ese dolor se podía liberar bien en forma de exultación o bien de desencanto. Ya al comienzo, el atrincheramiento tras las mesas de las siluetas de Robbie Chatter y Tony DiBlasi, dibujadas sobre el nuevo imaginario de la banda, negó la posibilidad soñada de un concierto verdaderamente vivo.

Así que, en beneficio de nuestra propia salud, decidimos prepararnos para gozar de aquello que era apuesta segura: el bailoteo. Y no falló. The Avalanches proyectaron festividad a raudales con una catarata de fragmentos de soul, funk, disco, hip-hop, post-punk, música latina y afrobeat, enlazados con momentos cumbre de aquel Since I Left You y del inminente Wildflower (Frankie Sinatra’, ‘Subways’). Esta suite reunía una amplia selección de temas tan populares que difícilmente aparecerán en el próximo álbum, por aquello de los derechos. De Joe Cocker a Gang of Four, de David Bowie a Will Smith, el nexo era el groove irresistible de todo lo que sonó esa noche.

Lo malo vino cuando, dos jornadas después, con DiBlasi en solitario a los mandos, volvió a sonar casi lo mismo. La sesión del domingo apenas difería de la del viernes en el orden de los fragmentos, y la visión percibida desde el segundo piso de un Apolo lleno tenía mucha menos gracia. El australiano toqueteaba sin demasiado arte la mesa de mezclas que presidía la sala y no había rastro de los vinilos, que tanto habían mostrado al público durante la sesión en el Fórum,  Así que no necesitaba los discos físicos ni la presencia de su compi y, sin embargo, lo que escuchábamos en el local era, salvo por el orden de los temas, prácticamente lo mismo que 48 horas antes. Dicho de otro modo, se nos reveló el truco del mago.

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Entendemos que se ha hecho necesario un breve repaso al segundo día para comprender, bajo un análisis más frío y racional, que el viernes habíamos disfrutado de lo lindo sin hacer juicio, pero que, en realidad, lo que The Avalanches habían traído para sus primeras apariciones en mucho tiempo no era mucho más que poner conocidos temas bailables desde detrás de unas mesas. Ya sabíamos de antemano que pueden hacer selecciones fabulosas para el repertorio de una sesión; la cuestión es que, para una jornada tan especial, cabía esperar una puesta en escena bastante más meritoria. Eso sí, nos quedamos con lo bailao, que fue mucho y muy bueno.