KLF: 23-1 años después del 23 de agosto (Parte III)

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(Viene de la Parte II)

Cuando hay un 2, hay un 3. O un 23.

Era 1991, Los KLF estaban en la cresta, gozando de la atención del mundo. Billy Drummond y Jimmy Cauty eran los amos del cotarro musical y propagandístico, gustaban de dar la nota y también -importante- crear hits, temas de pop perfecto. Su siguiente salto fue pasarse a la colaboración, esta vez con una diva de verdad y no en una grabación robada, como en aquel Whitney Joins the JAMs. La “reina del country”, Tammy Wynette, célebre por su antigua canción Stand by Your Man, es reclutada por KLF para unirse a ellos en este himno genial titulado Justified & Ancient (Stand By The JAMs).

La reina se sienta en la cúspide de la pirámide, pero los que verdaderamente hacen cumbre aquí son KLF, con una mezcla de culturas, estilos… Hay rap, house, un riff de Jimi Hendrix,  una diva country y hay los coros de la tribu. En fin, seguramente hablamos del mayor mash-up jamás creado.

Por entonces, es casi imposible no darse cuenta de que KLF es oro y, por supuesto, el enemigo se da cuenta. En 1992, son nombrados “Grupo del Año” en los Brit Awards, premios de la música británica. Les están invitando a unirse a ellos, a unirse a las fuerzas del Mal. Y además les invitan a actuar en la mismísima gala de premios. Una oportunidad única para los terroristas musicales.

KLF quieren sembrar el terror e imaginan algunas ideas, que finalmente son desechadas por la dificultad para ser llevadas a cabo. Se ha hablado, por ejemplo, de desmembrar un elefante sobre el escenario, en directo para millones de hogares.

Finalmente, optan por invitar a una banda de metal extremo con cantante de voz gutural. ¿Estopa? No, Extreme Noise Terror. Salen al escenario para interpretar una versión brutal de 3 AM Eternal y, aprovechando el lugar privilegiado y la ocasión ideal, Billy Drummond, el cabecilla de los terroristas anarquistas denominados KLF, termina la canción con una traca final de balas disparadas desde su ametralladora hacia el público.

Aunque resultan ser de fogueo.

To the bridge now!

Este acto representaba el final de una era. Quizá formaba parte de El fin de la Historia, título del célebre libro que salió ese mismo año. Caía el Muro, y terminaba todo. KLF, es decir, Billy Drummond y Jimmy Cauty, se retiraban de ese escenario y se retiraban del business, pero a su manera.

KLF desaparecían, como una estrella fugaz, y querían desaparecer de verdad. Decidieron quemar todos sus discos, toda su obra, como acto de expiación, de negación de una industria, de un poder maligno y devorador que les quiso devorar a ellos también, con reconocimientos y con ese aplauso final, nada más ser disparados.

Por desgracia no podían quemar los vinilos que habían sido adquirido por los fans, y la música de KLF se conserva para gracia de los que no vivimos aquella efímera época. El fuego purificador también se había llevado, unos pocos años antes, los discos que destruyeron The JAMs (KLF), hostigados por los abogados de ABBA, grupo al que habían sampleado sin pudor.

Tras esta gran hoguera de vinilos, ¿qué les quedaba a KLF? Les quedaba la pasta, mucha pasta. Y la expiación no era completa si esa pasta seguía ahí. Podían quedársela, sí. Podían donarla, sí. Podían hacer muchas cosas con ella, sí. Pero decidieron ir a una caseta en una isla perdida de Escocia y allí quemar, delante de los medios de propaganda, la nada desdeñable cantidad de…

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… un millón de libras esterlinas.

One million quid. Cientos de millones de pesetas. Era el 23 de agosto de 1994. Billy Drummond y Jimmy Cauty quemaron 1 millón de libras. Eran KLF, o bien un par de gilipollas, según se mire. Lo hicieron y después dijeron no saber por qué. Juraron por escrito no dar una respuesta a ese por qué durante los siguientes 23 años. Echemos cuentas: eso es dentro de un año. El 23 de agosto de 2017 , quizá ese par de gilipollas, los KLF, tengan algo que decir al mundo. KLF han estado desaparecidos todo este tiempo, salvo por una breve actuación de 23 minutos en 1997, titulada Fuck the Millenium.

Mientras algunos esperamos, alguien se ha preocupado de indagar en ese por qué. Y cree haber dado con la respuesta, por eso ha escrito un libro explicándolo.

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Este no es el típico libro que cuenta la historia de un grupo musical. De hecho, todo lo que aquí hemos mencionado apenas ocupa un pequeño espacio en sus páginas, sino que su autor, John Higgs, desvela la increíble verdad sobre el mundo, el ser humano, la Historia, la cultura, la música, el dinero, los misterios, las religiones y los gilipollas.

Este libro te da una verdad que puedes creer o no, como este relato en tres partes. Ambos son relatos, modelos, y quizá merezca la pena creérselos durante un tiempo para llegar a la cúspide. Aquí, por ahora, creemos en KLF sobre todas las cosas. Lo que hicieron puede gustarte más o menos, su música llegarte o no, pero creemos que KLF son ejemplo de una carrera musical brutalmente inteligente, de un entendimiento vital mucho más amplio de lo habitual. No queremos gritarlo pero… sí, eran genios.

¿Lo volverán a demostrar 23 años después del 23 de agosto de 1994?

KLF: 23-1 años después del 23 de agosto (Parte II)

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(Viene de la PARTE I)

En el fragmento anterior, nos quedamos hablando de Whitney Joins The JAMs. The JAMs era uno de los nombres que adoptaron KLF antes de llamarse KLF. Son las siglas de Justified Ancients of Mumu, extraño nombre procedente de unas novelas: The Illuminatus Trilogy, que, como es obvio, hablan de los hoy famosos Illuminati, la secta secreta que gobierna y controla el mundo desde la sombra.

Novela o realidad, verdad o mentira, lo que sí es seguro es que es fácil encontrar, especialmente en eso que llaman “productos culturales”, simbolismos referentes a todo este mundo oculto. Es fácil… siempre que uno no tenga los ojos bien cerrados. La película Eyes Wide Shut, de Stanley Kubrick, los tiene a porrones.

Existe la teoría de que el cineasta rodó el falso alunizaje del Apolo 11, después huyó y se recluyó en Gran Bretaña, dejó pistas en sus obras y finalmente murió asesinado nada más conseguir estrenar el film mencionado. Parece una locura gigantesca, pero hay tantas cosas que encajan que es difícil negar rotundamente la existencia del control mental, la multiplicación de las personalidades, y demás malicias de la sociedad secreta de los iluminados. Parafraseando al meme: “no digo que sea una conspiración, pero… ¡es una conspiración!”.

El imaginario de KLF no se queda atrás en símbolos sacados de la trilogía sobre los Illuminati, en la que los Justified Ancients of Mu Mu son quienes combaten contra este gobierno oscuro.

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El ojo en la pirámide (símbolo de los Illuminati), y el logo de KLF.

Estos malignos malhechores ejercen su malvado control también en el ámbito de la industria musical. Para luchar contra ello, nació el Kopyrite Liberation Front: los KLF. ¿Y qué mejor manera de destruir la industria sino desde dentro? ¿Y qué es lo que más le joroba a la industria musical? El pirateo. El sampleo ilegal, por la cara. Los que controlan ponen su Kopyright porque quieren su dinero, sus billetes de dólar. Así pues, el plan de KLF está claro: samplear y triunfar. Ellos no eran artistas: eran anarquistas, terroristas musicales, sin dinero y sin talento. Sólo les quedaba samplear por la cara.

En 1988, bajo el nombre The Timelords, Bill Drummond y Jimmy Cauty -es decir, KLF- colocan un single en el número 1 de las listas de ventas, sin apenas experiencia musical previa, más que algunos primitivos medley-mashups, hechos sin licencia para poder samplear, como aquel de Whitney.

Y entonces, con todo el morro, van y publican un libro, un manual, y lo llaman The Manual: cómo lograr un número 1 fácilmente. Al parecer, el texto ha logrado influir en multitud de aprendices en busca de la fórmula para fabricar pop perfecto. Funcionara o no, el libreto era en realidad una llamada a las armas, casi como si fuera un manual para hacerse rico robando bancos.

Aquel número 1, por supuesto, no era una canción nueva, sino un robo en toda regla. Bajo la temática de la mítica serie británica Doctor Who, sampleando la sintonía de su cabecera, además de la también mítica canción Rock & Roll part 2 de Gary Glitter, esto fue lo que enganchó al público en ese momento:

Efectivamente, es una canción cutre, muy cutre. Cabe preguntarse entonces ¿cómo pasaron KLF de engendrar esto a crear gloriosos himnos? Desde luego su ambición creció desde este punto hasta el infinito. Parece que al principio sólo buscaban divertirse y reírse del enemigo. Pero, en una fase posterior, entendieron cómo funcionaba el sistema, le cogieron el gustillo a la música y crearon grandes cosas, además de tomarse muy en serio lo de reírse.

Después de lograr la atención con este número 1, KLF se embarcaron en producir la Santísima Trinidad de la Tralla que presentamos en la primera parte. Estos tres temas empezaron teniendo un envoltorio de acid house o pure trance, etiqueta con la que KLF bautizaron a su sonido, antes de que naciera el género así llamado. Esta era la música de las fiestas rave que marcaban la explosión del Segundo Verano del Amor allá por 1988 y 1989. Después KLF hicieron mutar este envoltorio hacia la forma de hip house con la que finalmente triunfó para el gran público, la audiencia sentada ante la MTV. Con sus vídeos radicales, llenos de energía, KLF están en la cresta, y se forran vendiendo discos.

Entonces van más allá y se ponen a hacer una película -tal vez un videoclip muy largo- llamada The White Room. En cualquier caso, se trata de una road movie que, pese a no haber sido lanzada oficialmente, puede verse en internet. En ella, el dúo viaja por desiertos solitarios en una experiencia casi mística.

Aunque, para viaje auténtico, el que dibujan en su primer álbum de verdad. Sentados en la cúspide de la pirámide, KLF lanzan a principios de 1990 un disco que pilla a todo el mundo a contrapie. Un viaje de música fundamentalmente ambient que les hará definitivamente inmortales. No queremos describirlo musicalmente, sólo hay que escucharlo. Lo mejor es hacerlo tumbados, relajados, de noche. La oscuridad se inundará de imágenes que viajan por ondas sonoras, de sueños, paisajes y recuerdos, bellos y dolorosos, en forma de viejas melodías, voces, traqueteos… La vida, amigos. 45 minutos.

 

(Continúa y termina en la PARTE 3)

KLF: 23-1 años después del 23 de agosto (Parte I)

Pedimos disculpas de antemano por mezclar discurso musical con filosófico. En este blog nos gusta transmitir emociones pero también ceñirnos más de lo normal al análisis musical concreto y no dejarnos llevar por las sensaciones. Pero KLF no se pueden explicar como músicos al uso, sino que su música representaba solo la punta del iceberg, la cúspide de la pirámide que continúa bajo la tierra.

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Al grano. Los Perdidos creemos esencial para la felicidad el no perder la cordura ante lo absurda e irritante que puede ser la vida. Para ello, es bastante sano entender la naturaleza efímera de las cosas. La vida, el arte, el amor. Y es bastante inteligente darle una vuelta de tuerca a esta característica y jugar con la caducidad, más aún enfangados en la charca mediática donde reina lo perecedero.

Como una estrella fugaz, la carrera artística de KLF brilló por última vez en una llamarada el 23 de Agosto de 1994, y tal efeméride nos sirve para desgranar un poco nuestro proceso de conocimiento, fagocitación y abrazo (seguramente efímero) al ente artístico más impactante que recordamos. Porque además de efímero, KLF fue divertido, comprometido y misterioso.

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Aquí empieza la historia, con el tótem. Esta era la imagen que habíamos tenido por muchos años en mente, asociada a las siglas KLF. Y el sonido que emanaba de ella era electrónico y festivo pero todavía básico, tosco, bruto, sin pulir. Inmaduro en comparación con otras cosas posteriores del mismo estilo.

Decidimos volver a probar suerte, colocarnos de nuevo frente a este tótem de altavoces. Tecleamos K, L, F, y esperamos la respuesta. Lo que desatamos fue un huracán.

“KLF IS GONNA ROCK YOU”. Y tanto que sí. La sacudida es brutal, y usar el teléfono como instrumento es un detalle genial.

¿Cómo pudo cambiar de forma tan drástica nuestra impresión? La nostalgia es una ola que golpea muy fuerte. Pero también es cierto que este trallazo de hip house no se parecía mucho al sonido ácido con el que habíamos asociado a KLF. Descubriremos poco a poco que es imposible atarles a ningún género.

Azotados por la actitud y la escenografía, decidimos entonces arrojamos al tren que nos lleva de vuelta a ese lugar mágico que -ahora lo sabemos- se llama Trancentral. Volumen al 11, atentos:

Intensidad elevada al máximo. Y esa sección intermedia… no es de este mundo.

Terminemos esta introducción a la música de KLF con el tercer tema localizado en Trancentral, completando así una especie de Santísima Trinidad de la Tralla.

Sirva también esta canción como ejemplo de dos o tres características esenciales de la música de KLF.

Por un lado, las versiones de un mismo tema, tocando palos radicalmente variados. A priori parece que KLF “no eran un grupo de discos sino de singles”, si bien esto no significa -como es habitual cuando se recurre a esta frase- que tuvieran sólo algunas canciones buenas y el resto fueran más bien mediocres. Lo que hacían KLF era engendrar una pieza y después hacerla mutar a diferentes formas, en versiones que completaban las caras de los singles. De este What Time Is Love? recordamos tres encarnaciones:

  1. La normal que acabamos de ver y escuchar.
  2. La Pure Trance.
  3. La America, que supera en salvajismo a todo lo anterior.
  4. Como extra queremos mencionar una pieza distinta, America No More (Just the Pipe Band), que ensanchece al hombre más pequeño.

Con ustedes, el vídeo de America: What Time Is Love? Se recomiendan gafas protectoras.

Es fácil captar aquí otra característica fundamental de KLF: el sampleo. Utilizar secciones de otras grabaciones para construir la tuya. En este caso se trata del riff de Ace of Spades de Motörhead, pero la lista de artistas sampleados por KLF en su corta carrera es extensa y célebre:

  • Jimi Hendrix
  • Pink Floyd
  • Elvis Presley
  • Fleetwood Mac
  • MC5 (ese “Kick out the JAMS motherfuckers!!!” que desata como un trueno What Time Is Love?)
  • Van Halen
  • Angelo Baladamenti (el tema principal de Twin Peaks)
  • Kraftwerk
  • ABBA
  • 808 State
  • Acker Bilk

Y una más: Whitney Houston, para una canción llamada Whitney joins the JAMS. Con todo el morro, los JAMS -uno de los nombre anteriores de KLF- titularon así este ecléctico pero primigenio cóctel de samples, como si se tratara de una verdadera colaboración con la diva pop.

Desde esta referencia ya avistamos el meollo. Porque samplear es como tomar prestado, algo con lo que no todo el mundo está muy de acuerdo, especialmente aquellos que se sienten robados. En este caso, las discográficas. De ahí parte el supuesto significado de las siglas (Kopyrite Liberation Front, 23 letras) y un sinfin de efímeros asuntos divertidos, comprometidos y misteriosos que hacen de esta la historia más genial jamás contada.

(Continúa en la PARTE II)

5 canciones que anuncian el estribillo

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La selección que traemos aquí puede parecer un poco rara, lo admitimos. En este caso nos hemos fijado en la letra (¡en inglés, ni más ni menos!) y por ello hemos recogido un grupo variopinto de canciones.

En concreto, hemos centrado nuestra atención en piezas donde el cantante avisa o, sin preámbulos, da el pistoletazo de salida al estribillo que está apunto de desatar. La palabra mágica es… ¡¡CHORUS!!

Hecha la recopilación, descubrimos que este recurso al que podríamos bautizar como metamusical –música que habla de sí misma- aparece en temas que, pese a su peculiaridad, comparten una vena eminentemente pop. Hemos pescado cinco artistas de talles muy diversos, que quedan retratados en sus manera de referirse al diminutivo del apoyo de la montura.

Wire disparan sin rodeos. Eminem anuncia a bombo y platillo, como maestro de ceremonias (MC). Stephen Malkmus de Pavement te lo avisa como un colega, pero Andrew Bird tiene la delicadeza de un amante.

Sobre estos cuatro estandartes se corona el más listo. Fat Mike de NOFX tira de ironía y desata carcajadas al redoblar la apuesta y escribir la mejor letra metamusical posible en este mundo.

PD.: La canción extra es una que no anuncia el estribillo pero habla sobre él, y encima es más pop que las otras.

Los Chichos en Primavera Sound 2016

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(Publicado originalmente en Indiespot)

El nombre más chocante del cartel congregó a una multitud muy heterogénea entre los que había curiosos –los más–, gente con un pasado ajeno a lo indie y fans que coreaban las canciones de cabo a rabo, incluyendo trabajadores de los servicios de limpieza. No faltaban tampoco unos pocos guiris que habían decidido seguir la llamada de la rumba. En medio de una mezcolanza así, muchos coincidimos en que la cosa iba de desatarse de las poses y dar rienda suelta al gitaneo. Otros, por contra, abandonaron pronto sus puestos en las primeras filas, de lo que se deduce que el acontecimiento era casi más social que musical y quizá algunos habían ido hasta allí sólo para contarlo.

Pero para Los Chichos, todos, sin distinción, éramos chicheros. Vacío de complejos, el trío –en el que Junior sustituye a “el del medio”, el recordado Jero– salió a hacer lo propio de cualquier otra actuación. Hubo tiempo para quejíos, disertaciones sobre amor, delincuencia o libertad, intentos de sing-alongs en los que Emilio se quedaba un tanto solo, y cánticos verbeneros. Aunque estén en su supuesta gira de despedida, el que tuvo retuvo, y con sus voces y una competente banda sostuvieron himnos como ‘Son ilusiones‘, ‘Amor de compra y venta‘, ‘El Vaquilla, ‘Quiero ser libre‘ y ‘Ni más ni menos‘. Tonadas que no brillan tanto como en aquellos discos de los setenta, cargadas de vistosos arreglos, pero que forman parte de la historia de una sociedad.

Los Chichos se saben mitos y presumieron de tener cientos de canciones, pidiendo perdón por no poder tocar todas las que el público desearía. Pero la que quizá se echó en falta con más razón fue ‘Campo de la Bota‘, por la mística que habría generado la referencia al barrio de barracas que hubo a escasos metros del escenario donde, la noche del sábado, los reyes de la rumba trascendieron su hábitat natural para agrandar un poco más su leyenda.

Brian Wilson performing Pet Sounds en Primavera Sound 2016

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Foto: Pablo Luna Chao

(Publicado originalmente en Indiespot)

El nombre del líder de los Beach Boys aparecía entre los estelares del cartel de esta edición, en el papel de cita destacada para nostálgicos. Acompañado por Al Jardine, Blondie Chaplin y hasta una docena de músicos, la presencia de Brian Wilson reviviendo uno de los mejores discos de la historia del pop prometía sonrisas y lágrimas.

Lo más comentado durante y después del concierto era el deterioro físico de Wilson, quien, parapetado tras un teclado que apenas utilizó, cedía las lineas vocales agudas al falsete de Matt Jardine (hijo de Al). No obstante, queremos romper una lanza por el genio californiano: antes de las canciones, Brian las presentaba con cierta energía y parecía estar disfrutando con traernos un pedacito de la historia de la música. A su edad y tras lo pasado, tal vez lo mejor sería quedarse en casa, pero recibir el cariño de la gente le hizo esbozar sonrisas, y su música hizo brotar en nuestros ojos las lágrimas.

La interpretación de Pet Sounds se ciñó firmemente al guión establecido en la grabación que acaba de cumplir 50 años. La mayor alteración quizá tuvo lugar en el tema homónimo, donde los solos de saxo y percusión levantaron muy arriba la brisa exótica. Como el álbum se queda corto para abarcar una actuación entera, esperábamos algunos bises. Pero no tantos como los once temas de surf, doo wop y rock and roll que conformaron un concierto totalmente distinto. Tras ‘Good Vibrations‘, Wilson cedió el protagonismo, y lo asió con fuerza Blondie Chaplin con su actitud de Rolling Stone, llevando la intensidad a un punto muy lejano a ‘God Only Knows‘ o ‘Caroline, No‘. Clásicos como ‘Surfin’ USA‘ y ‘I Get Around‘ hicieron bailar incluso al sector parlanchín que, una vez más, no había respetado la experiencia de los demás, pero la atmósfera de este segundo acto de la función se nos hizo rara al compararlo con el primero. Por esta razón y por el archimencionado estado de la estrella, el regusto final fue un tanto agridulce.

Boredoms en Primavera Sound 2016

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Foto: Pablo Luna Chao

(Publicado originalmente en Indiespot)

Diez años después de su primer paso por el festival, Boredoms volvían al Fórum, aunque enmarcados en un horario muy distinto. Si entonces fueron programados a las 3 de la mañana, este año la cosa se adelantaba hasta la hora del bollicao. Fue un cambio apropiado, porque lo que entregaban en esta ocasión los japoneses era una presentación con carácter algo más introspectivo, muy distinta también del círculo de 10 baterías formando un verdadero tornado sónico, configuración que –según nos consta– el Primavera intentó traer hace varias temporadas.

Más de uno soñábamos esta vez con una estructura similar y, ¿por qué no?, también con escuchar algo de aquellos Super æ o Vision Creation Newsun por los que conocimos y nos enamoramos de Boredoms. Sin embargo, no corrimos esa suerte porque el trío –o quinteto, si incluimos a sus dos aliados– venía sin guitarras. En cambio, contaban con algunos instrumentos insólitos –cómo no, de percusión–, incluyendo dos varas metálicas colocadas a semejanza de listones deportivos. También eran dignas de verse las histriónicas técnicas corporales de Yamantaka Eye para aproximarse al micrófono, que transmitía su voz y gritos para ser modulados de mil formas en la mesa tras la que se parapetaba. Durante una hora escasa, el resto de elementos sonoros en juego fueron sobre todo armonías droneras, ruidos electrónicos, redobles tribales que marcaban compases inusuales y platos de batería que inducían al trance.

Para los menos familiarizados con lo experimental, la vivencia tal vez fue más digerible a la vista que al oído, más aún tratándose de uno de los primeros conciertos de la tarde. Pero Boredoms consiguieron gestar un caos –planificado y ejecutado con precisión japonesa– que sin duda hizo las delicias de los amantes de lo extremo.

The Avalanches en Primavera Sound 2016

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(Publicado originalmente en Indiespot)

El veredicto de la primera actuación mundial de The Avalanches en muchos años es cuestión de perspectiva: contrapicado o picado. “What does that mean?”. Euforia o decepción. Recordemos que eran dos los shows de los australianos anunciados en la programación del festival: viernes en el Fórum, domingo en la sala Apolo. Gracias a este díptico pudimos experimentar ambas sensaciones.

El largo y esperado proceso de regreso del colectivo había sido tan doloroso para los fanáticos que la respuesta a ese dolor se podía liberar bien en forma de exultación o bien de desencanto. Ya al comienzo, el atrincheramiento tras las mesas de las siluetas de Robbie Chatter y Tony DiBlasi, dibujadas sobre el nuevo imaginario de la banda, negó la posibilidad soñada de un concierto verdaderamente vivo.

Así que, en beneficio de nuestra propia salud, decidimos prepararnos para gozar de aquello que era apuesta segura: el bailoteo. Y no falló. The Avalanches proyectaron festividad a raudales con una catarata de fragmentos de soul, funk, disco, hip-hop, post-punk, música latina y afrobeat, enlazados con momentos cumbre de aquel Since I Left You y del inminente Wildflower (Frankie Sinatra’, ‘Subways’). Esta suite reunía una amplia selección de temas tan populares que difícilmente aparecerán en el próximo álbum, por aquello de los derechos. De Joe Cocker a Gang of Four, de David Bowie a Will Smith, el nexo era el groove irresistible de todo lo que sonó esa noche.

Lo malo vino cuando, dos jornadas después, con DiBlasi en solitario a los mandos, volvió a sonar casi lo mismo. La sesión del domingo apenas difería de la del viernes en el orden de los fragmentos, y la visión percibida desde el segundo piso de un Apolo lleno tenía mucha menos gracia. El australiano toqueteaba sin demasiado arte la mesa de mezclas que presidía la sala y no había rastro de los vinilos, que tanto habían mostrado al público durante la sesión en el Fórum,  Así que no necesitaba los discos físicos ni la presencia de su compi y, sin embargo, lo que escuchábamos en el local era, salvo por el orden de los temas, prácticamente lo mismo que 48 horas antes. Dicho de otro modo, se nos reveló el truco del mago.

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Entendemos que se ha hecho necesario un breve repaso al segundo día para comprender, bajo un análisis más frío y racional, que el viernes habíamos disfrutado de lo lindo sin hacer juicio, pero que, en realidad, lo que The Avalanches habían traído para sus primeras apariciones en mucho tiempo no era mucho más que poner conocidos temas bailables desde detrás de unas mesas. Ya sabíamos de antemano que pueden hacer selecciones fabulosas para el repertorio de una sesión; la cuestión es que, para una jornada tan especial, cabía esperar una puesta en escena bastante más meritoria. Eso sí, nos quedamos con lo bailao, que fue mucho y muy bueno.

Animal Collective en Primavera Sound 2016

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Foto: Xarlene

(Publicado originalmente en Indiespot)

Quienes estén familiarizados con Animal Collective no debieron sorprenderse demasiado con su quinto directo ya en el festival. La cosa pintaba bien porque los de Baltimore presentaban Painting With, un álbum con mucho bombo y poca carga atmosférica, es decir, más propicio para el baile. Baile –eso sí– de mutantes, como la representación picassiana elegida para decorar el escenario, sobre el cual el trío se situaba en primer plano a lo Kraftwerk, quedando detrás un percusionista.

Con Panda Bear liberado de la batería, las fastuosas tareas vocales fueron bien cubiertas y los cabeceos de Geologist al son deGolden Gal’ o Natural Selection’ presagiaban que la cosa iba a ser disfrutable, a pesar de que el último trabajo sea el menos inspirado de la banda en mucho tiempo. Sin embargo, la ausencia de las canciones favoritas o más identificables por la mayoría, unida a la inmovilidad de los animales enfrascados en sus aparatos, no tardó en provocar la distracción de parte de la audiencia, que quizá seguía comentando “lo de Radiohead”.

Fue un largo interludio de experimentación sonora lo que confirmó que nos encontrábamos en una actuación con el sello genuino de Animal Collective. La inesperada –por lejana e introspectiva– ‘Loch Raven’ encogió al público para bien o para mal, y con ella se hacía de rogar un crescendo para cerrar con la aprobación de todos, de modo que optaron por rematar con la inevitable ‘FloriDada’, el momento más álgido y sudoroso de un concierto heterogéneo y rarito, como reivindican en todo lo que hacen.

Los Hermanos Cubero en Primavera Sound 2016

(Previa publicada originalmente en Indiespot)

Con el atrevimiento propio de un festival de mente abierta, el Primavera da cabida también a una de las notas más paradójicamente exóticas del cartel. Sobre cadencias cabalgantes, este dúo de cordaineros de La Alcarria proclama con orgullo su abrazo a lo tradicional: “Estas son nuestras armas / mandolina y guitarra / para quien quiera escucharlas”. No son principiantes ni muy jóvenes, pero, tras editar varias referencias en años recientes, el afán de Los Hermanos Cubero en cavar en las semejanzas entre el folclore castellano y el estadounidense ha logrado traspasar la frontera del circuito folk y lograr la atención de El Segell del Primavera, que distribuye su recién estrenado Arte y Orgullo.

Hay dos incógnitas por despejar en un marco a priori impropio para una propuesta tan bucólica: veremos cómo se las arreglan para defender su minimalista puesta en escena y, sobre todo, cómo responde el público a la singularidad de los hermanos.

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(Crónica publicada originalmente en Indiespot)

Estos dos tienen algo. Cuales jinetes expertos tanto en doma como en salto ecuestre, los hermanos castellanos superaron con elegancia y holgura una triple barrera: tiempo, espacio, y perspectiva. Llevados por los ritmos ternarios con cadencia de trote o galope, su victorioso ejercicio tuvo lugar a) en una hora reservada para actuaciones que suscitan interés menor; b) en un escenario escondido e invadido, por momentos, de sonido exterior; y c) ante un público que –suponemos– se acercaba más por curiosidad que por conocimiento o devoción.

Lo hicieron como siempre han hecho. Enfundados en sus impecables trajes y armados de mandolina y guitarra, el dúo repasó principalmente las mejores tonadas del sólido trabajo que presentan esta temporada. Con temas cercanos a la canción protesta, como ‘Por ganarme la vida’ y ‘Trabajando en la MCA’, y trances más emocionales que nunca (‘Maldita urraca’, ‘El ebanista de Alcalá’), defendieron su mezcla de música de raíz castellana y estadounidense con Arte y Orgullo. Pero la herramienta secreta de los artesanos de La Alcarria para llevarse el corazón de los congregados fue otra: el humor. Con la llaneza de unas pocas bromas entre canción y canción, hicieron brotar el interés y la sonrisa de todos y mantener la función siempre en lo alto.

Las únicas pegas fueron dos. Por un lado, la preeminencia del canto sobre las cuerdas en la mezcla, que aunque inducía a deleitarse en la melismática voz de Enrique, no dejaba lugar para apreciar el virtuosismo de Roberto en la mandolina. A ello se sumaba, en el tramo final del concierto, la irrupción en la gruta del ruido procedente de otro escenario. Con humor –cómo no–  se lo tomaban ellos mientras seguían a lo suyo, ‘Fabricando buenos tiempos’. Así, con una inmejorable despedida quedamos muy agradecidos de la inclusión en la oferta del festival de una propuesta menos moderna pero tan atractiva como las mejores.