Los Chichos en Primavera Sound 2016

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(Publicado originalmente en Indiespot)

El nombre más chocante del cartel congregó a una multitud muy heterogénea entre los que había curiosos –los más–, gente con un pasado ajeno a lo indie y fans que coreaban las canciones de cabo a rabo, incluyendo trabajadores de los servicios de limpieza. No faltaban tampoco unos pocos guiris que habían decidido seguir la llamada de la rumba. En medio de una mezcolanza así, muchos coincidimos en que la cosa iba de desatarse de las poses y dar rienda suelta al gitaneo. Otros, por contra, abandonaron pronto sus puestos en las primeras filas, de lo que se deduce que el acontecimiento era casi más social que musical y quizá algunos habían ido hasta allí sólo para contarlo.

Pero para Los Chichos, todos, sin distinción, éramos chicheros. Vacío de complejos, el trío –en el que Junior sustituye a “el del medio”, el recordado Jero– salió a hacer lo propio de cualquier otra actuación. Hubo tiempo para quejíos, disertaciones sobre amor, delincuencia o libertad, intentos de sing-alongs en los que Emilio se quedaba un tanto solo, y cánticos verbeneros. Aunque estén en su supuesta gira de despedida, el que tuvo retuvo, y con sus voces y una competente banda sostuvieron himnos como ‘Son ilusiones‘, ‘Amor de compra y venta‘, ‘El Vaquilla, ‘Quiero ser libre‘ y ‘Ni más ni menos‘. Tonadas que no brillan tanto como en aquellos discos de los setenta, cargadas de vistosos arreglos, pero que forman parte de la historia de una sociedad.

Los Chichos se saben mitos y presumieron de tener cientos de canciones, pidiendo perdón por no poder tocar todas las que el público desearía. Pero la que quizá se echó en falta con más razón fue ‘Campo de la Bota‘, por la mística que habría generado la referencia al barrio de barracas que hubo a escasos metros del escenario donde, la noche del sábado, los reyes de la rumba trascendieron su hábitat natural para agrandar un poco más su leyenda.

Brian Wilson performing Pet Sounds en Primavera Sound 2016

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Foto: Pablo Luna Chao

(Publicado originalmente en Indiespot)

El nombre del líder de los Beach Boys aparecía entre los estelares del cartel de esta edición, en el papel de cita destacada para nostálgicos. Acompañado por Al Jardine, Blondie Chaplin y hasta una docena de músicos, la presencia de Brian Wilson reviviendo uno de los mejores discos de la historia del pop prometía sonrisas y lágrimas.

Lo más comentado durante y después del concierto era el deterioro físico de Wilson, quien, parapetado tras un teclado que apenas utilizó, cedía las lineas vocales agudas al falsete de Matt Jardine (hijo de Al). No obstante, queremos romper una lanza por el genio californiano: antes de las canciones, Brian las presentaba con cierta energía y parecía estar disfrutando con traernos un pedacito de la historia de la música. A su edad y tras lo pasado, tal vez lo mejor sería quedarse en casa, pero recibir el cariño de la gente le hizo esbozar sonrisas, y su música hizo brotar las lágrimas en nosotros.

La interpretación de Pet Sounds se ciñó firmemente al guión establecido en la grabación que acaba de cumplir 50 años. La mayor alteración quizá tuvo lugar en el tema homónimo, donde los solos de saxo y percusión levantaron muy arriba la brisa exótica. Como el álbum se queda corto para abarcar una actuación entera, esperábamos algunos bises. Pero no tantos como los once temas de surf, doo wop y rock and roll que conformaron un concierto totalmente distinto. Tras ‘Good Vibrations‘, Wilson cedió el protagonismo, y lo asió con fuerza Blondie Chaplin con su actitud de Rolling Stone, llevando la intensidad a un punto muy lejano a ‘God Only Knows‘ o ‘Caroline, No‘. Clásicos como ‘Surfin’ USA‘ y ‘I Get Around‘ hicieron bailar incluso al sector parlanchín que, una vez más, no había respetado la experiencia de los demás, pero la atmósfera de este segundo acto de la función se nos hizo rara al compararlo con el primero. Por esta razón y por el archimencionado estado de la estrella, el regusto final fue un tanto agridulce.

Boredoms en Primavera Sound 2016

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Foto: Pablo Luna Chao

(Publicado originalmente en Indiespot)

Diez años después de su primer paso por el festival, Boredoms volvían al Fórum, aunque enmarcados en un horario muy distinto. Si entonces fueron programados a las 3 de la mañana, este año la cosa se adelantaba hasta la hora del bollicao. Fue un cambio apropiado, porque lo que entregaban en esta ocasión los japoneses era una presentación con carácter algo más introspectivo, muy distinta también del círculo de 10 baterías formando un verdadero tornado sónico, configuración que –según nos consta– el Primavera intentó traer hace varias temporadas.

Más de uno soñábamos esta vez con una estructura similar y, ¿por qué no?, también con escuchar algo de aquellos Super æ o Vision Creation Newsun por los que conocimos y nos enamoramos de Boredoms. Sin embargo, no corrimos esa suerte porque el trío –o quinteto, si incluimos a sus dos aliados– venía sin guitarras. En cambio, contaban con algunos instrumentos insólitos –cómo no, de percusión–, incluyendo dos varas metálicas colocadas a semejanza de listones deportivos. También eran dignas de verse las histriónicas técnicas corporales de Yamantaka Eye para aproximarse al micrófono, que transmitía su voz y gritos para ser modulados de mil formas en la mesa tras la que se parapetaba. Durante una hora escasa, el resto de elementos sonoros en juego fueron sobre todo armonías droneras, ruidos electrónicos, redobles tribales que marcaban compases inusuales y platos de batería que inducían al trance.

Para los menos familiarizados con lo experimental, la vivencia tal vez fue más digerible a la vista que al oído, más aún tratándose de uno de los primeros conciertos de la tarde. Pero Boredoms consiguieron gestar un caos –planificado y ejecutado con precisión japonesa– que sin duda hizo las delicias de los amantes de lo extremo.

The Avalanches en Primavera Sound 2016

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(Publicado originalmente en Indiespot)

El veredicto de la primera actuación mundial de The Avalanches en muchos años es cuestión de perspectiva: contrapicado o picado. “What does that mean?”. Euforia o decepción. Recordemos que eran dos los shows de los australianos anunciados en la programación del festival: viernes en el Fórum, domingo en la sala Apolo. Gracias a este díptico pudimos experimentar ambas sensaciones.

El largo y esperado proceso de regreso del colectivo había sido tan doloroso para los fanáticos que la respuesta a ese dolor se podía liberar bien en forma de exultación o bien de desencanto. Ya al comienzo, el atrincheramiento tras las mesas de las siluetas de Robbie Chatter y Tony DiBlasi, dibujadas sobre el nuevo imaginario de la banda, negó la posibilidad soñada de un concierto verdaderamente vivo.

Así que, en beneficio de nuestra propia salud, decidimos prepararnos para gozar de aquello que, era apuesta segura: el bailoteo. Y no falló. The Avalanches proyectaron festividad a raudales con una catarata de fragmentos de soul, funk, disco, hip-hop, post-punk, música latina y afrobeat, enlazados con momentos cumbre de aquel Since I Left You y del inminente Wildflower (Frankie Sinatra’, ‘Subways’). Esta suite reunía una amplia selección de temas tan populares que difícilmente aparecerán en el próximo álbum, por aquello de los derechos. De Joe Cocker a Gang of Four, de David Bowie a Will Smith, el nexo era el groove irresistible de todo lo que sonó esa noche.

Lo malo vino cuando, dos jornadas después, con DiBlasi en solitario a los mandos, volvió a sonar casi lo mismo. La sesión del domingo apenas difería de la del viernes en el orden de los fragmentos, y la visión percibida desde el segundo piso de un Apolo lleno tenía mucha menos gracia. El australiano toqueteaba sin demasiado arte la mesa de mezclas que presidía la sala y no había rastro de los vinilos, que tanto habían mostrado al público durante la sesión en el Fórum,  Así que no necesitaba los discos físicos ni la presencia de su compi y, sin embargo, lo que escuchábamos en el local era, salvo por el orden de los temas, prácticamente lo mismo que 48 horas antes. Dicho de otro modo, se nos reveló el truco del mago.

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Entendemos que se ha hecho necesario un breve repaso al segundo día para comprender, bajo un análisis más frío y racional, que el viernes habíamos disfrutado de lo lindo sin hacer juicio, pero que, en realidad, lo que The Avalanches habían traído para sus primeras apariciones en mucho tiempo no era más que poner conocidos temas bailables desde detrás de unas mesas. Ya sabíamos de antemano que pueden hacer selecciones fabulosas para el repertorio de una sesión; la cuestión es que, para una jornada tan especial, cabía esperar una puesta en escena bastante más meritoria. Eso sí, nos quedamos con lo bailao, que fue mucho y muy bueno.

Animal Collective en Primavera Sound 2016

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Foto: Xarlene

(Publicado originalmente en Indiespot)

Quienes estén familiarizados con Animal Collective no debieron sorprenderse demasiado con su quinto directo ya en el festival. La cosa pintaba bien porque los de Baltimore presentaban Painting With, un álbum con mucho bombo y poca carga atmosférica, es decir, más propicio para el baile. Baile –eso sí– de mutantes, como la representación picassiana elegida para decorar el escenario, sobre el cual el trío se situaba en primer plano a lo Kraftwerk, quedando detrás un percusionista.

Con Panda Bear liberado de la batería, las fastuosas tareas vocales fueron bien cubiertas y los cabeceos de Geologist al son deGolden Gal’ o Natural Selection’ presagiaban que la cosa iba a ser disfrutable, a pesar de que el último trabajo sea el menos inspirado de la banda en mucho tiempo. Sin embargo, la ausencia de las canciones favoritas o más identificables por la mayoría, unida a la inmovilidad de los animales enfrascados en sus aparatos, no tardó en provocar la distracción de parte de la audiencia, que quizá seguía comentando “lo de Radiohead”.

Fue un largo interludio de experimentación sonora lo que confirmó que nos encontrábamos en una actuación con el sello genuino de Animal Collective. La inesperada –por lejana e introspectiva– ‘Loch Raven’ encogió al público para bien o para mal, y con ella se hacía de rogar un crescendo para cerrar con la aprobación de todos, de modo que optaron por rematar con la inevitable ‘FloriDada’, el momento más álgido y sudoroso de un concierto heterogéneo y rarito, como reivindican en todo lo que hacen.

Los Hermanos Cubero en Primavera Sound 2016

(Previa publicada originalmente en Indiespot)

Con el atrevimiento propio de un festival de mente abierta, el Primavera da cabida también a una de las notas más paradójicamente exóticas del cartel. Sobre cadencias cabalgantes, este dúo de cordaineros de La Alcarria proclama con orgullo su abrazo a lo tradicional: “Estas son nuestras armas / mandolina y guitarra / para quien quiera escucharlas”. No son principiantes ni muy jóvenes, pero, tras editar varias referencias en años recientes, el afán de Los Hermanos Cubero en cavar en las semejanzas entre el folclore castellano y el estadounidense ha logrado traspasar la frontera del circuito folk y lograr la atención de El Segell del Primavera, que distribuye su recién estrenado Arte y Orgullo.

Hay dos incógnitas por despejar en un marco a priori impropio para una propuesta tan bucólica: veremos cómo se las arreglan para defender su minimalista puesta en escena y, sobre todo, cómo responde el público a la singularidad de los hermanos.

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(Crónica publicada originalmente en Indiespot)

Estos dos tienen algo. Cuales jinetes expertos tanto en doma como en salto ecuestre, los hermanos castellanos superaron con elegancia y holgura una triple barrera: tiempo, espacio, y perspectiva. Llevados por los ritmos ternarios con cadencia de trote o galope, su victorioso ejercicio tuvo lugar a) en una hora reservada para actuaciones que suscitan interés menor; b) en un escenario escondido e invadido, por momentos, de sonido exterior; y c) ante un público que –suponemos– se acercaba más por curiosidad que por conocimiento o devoción.

Lo hicieron como siempre han hecho. Enfundados en sus impecables trajes y armados de mandolina y guitarra, el dúo repasó principalmente las mejores tonadas del sólido trabajo que presentan esta temporada. Con temas cercanos a la canción protesta, como ‘Por ganarme la vida’ y ‘Trabajando en la MCA’, y trances más emocionales que nunca (‘Maldita urraca’, ‘El ebanista de Alcalá’), defendieron su mezcla de música de raíz castellana y estadounidense con Arte y Orgullo. Pero la herramienta secreta de los artesanos de La Alcarria para llevarse el corazón de los congregados fue otra: el humor. Con la llaneza de unas pocas bromas entre canción y canción, hicieron brotar el interés y la sonrisa de todos y mantener la función siempre en lo alto.

Las únicas pegas fueron dos. Por un lado, la preeminencia del canto sobre las cuerdas en la mezcla, que aunque inducía a deleitarse en la melismática voz de Enrique, no dejaba lugar para apreciar el virtuosismo de Roberto en la mandolina. A ello se sumaba, en el tramo final del concierto, la irrupción en la gruta del ruido procedente de otro escenario. Con humor –cómo no–  se lo tomaban ellos mientras seguían a lo suyo, ‘Fabricando buenos tiempos’. Así, con una inmejorable despedida quedamos muy agradecidos de la inclusión en la oferta del festival de una propuesta menos moderna pero tan atractiva como las mejores.

Destroyer en Primavera Sound 2016

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Foto: Xarlene

(Publicado originalmente en Indiespot)

Dan Bejar parece haber encontrado, en años recientes, la serenidad en un estilo que es un híbrido entre –por favor, léase bajito– el Lou Reed de Transformer y el Bryan Ferry de Avalon, sobre todo en instrumentación y cadencia, pero también en la pose bohemia de ambos personajes. En la quietud del atardecer, el cantautor canadiense aparentaba esa misma serenidad sobre el escenario, sin perder de vista la bebida, mientras ofrecía, junto a su banda, temas casi exclusivamente de sus dos últimos elepés.

Ofrecía pero no desgranaba: por momentos la sofisticada calma que hemos mencionado se podía tornar en languidez durante el primer tramo de concierto (‘Chinatown’, ‘The River’). Más aún cuando ni Bejar ni su banda entregaban apenas estímulo visual. Para más inri, el sonido no era tan fino como quisiéramos, tal vez porque la reverberación queda mejor en estudio. Se nos hubiera antojado que tocaran la preciosa Girl in the Sling’, porque la sensación percibida era que el conjunto brillaba más cuando había pocos instrumentos en juego. El gallinero formado en pleno ritual tampoco ayudaba, y ni siquiera ‘Kaputt’ logró dominar la situación, lo que sí consiguió la agitada ‘Dream Lover’.

De ahí  –sexta pieza de un total de diez– en adelante se notó un crescendo en la respuesta del público, instigado principalmente por los arreones funk de ‘Midnight Meet the Rain’ y por el suspense que crea el largo desarrollo de ‘Bay of Pigs’. Gracias a ello, si seguimos la máxima de que no importa cómo se empieza sino cómo se acaba, se salvó una actuación a la que se le puede pedir más.

Suede en el Primavera Sound 2016

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Foto: Pablo Luna Chao.

(Publicado originalmente en Indiespot)

Miércoles 

La jornada del miércoles en el Fórum tenía como plato fuerte la primera de las dos actuaciones de Suede en el festival. En esta primera encarnación, tanto la elección de canciones como el desempeño de Brett Anderson –auténtico corazón de la banda en directo– se ajustaron a grandes rasgos a lo que cabe esperar ante un público masivo en un concierto gratuito: colección de hits de juventud en lo musical, y teatralidad e interacción en lo físico.

Tras la obviedad de ‘Introducing the Band’, fue una agradable sorpresa escuchar ‘Outsiders’, single del reciente Night Thoughts que, pensábamos a priori, reservarían para el día siguiente en el Auditori. En estos primeros compases, en los que además la suma de instrumentos nos pareció sonar demasiado compacta, Brett optaba por mostrarse únicamente de perfil, lo que nos dejaba un poco fríos. Fue a partir de ‘Trash’ cuando el felino frontman empezó a disparar su batería de saltos, genuflexiones, carreras y sing-alongs, y se metió al público en el bolsillo a ritmo de Filmstar’, ‘Animal Nitrate’ y ‘We Are the Pigs’. El espectáculo era Anderson, que hacía olvidar cualquier otro aspecto del concierto, y en su hora y cuarto de duración, la voz no se resintió del esfuerzo. Hubo también espacio para el intimismo en ‘Sometimes I Feel I’ll Float Away’, ‘Still Life’ y una versión acústica de ‘She’s in Fashion’ ya en los bises, donde la única percusión fueron las palmas del público. Para satisfacer los paladares ávidos de glam noventero no faltaron en el menú The Drowners’, ‘Metal Mickey’, ‘The Beautiful Ones’ ni So Young’, pese al solo de piano un tanto dubitativo en esta última.

En definitiva, sin grandes sorpresas, pero empujados por la energía y el sudor de su incombustible maestro de ceremonias –cuya camisa quedó destrozada por el cariño de las primeras filas–, Suede cumplieron con nota su papel como concierto de presentación del festival. Para la tarde del jueves quedaba la cara B.

Jueves

Estábamos expectantes ante el anuncio de la ejecución de Night Thoughts, el último trabajo de los ingleses, acompañada de un conjunto de imágenes “creado para la ocasión” por Roger Sargent. Ante este apercibimiento, la referencia de los seguidores de la banda no podría ser otra que las proyecciones ideadas por Derek Jarman en 1993 para el directo de aquellos Suede en su plenitud creativa. Pero mejor era no hacerse muchas ilusiones.

La película proyectada en el escenario del Auditori sobre la pantalla tras la que se situaba el quinteto no hacía justicia a un álbum notable y dejaba a los músicos o bien en un segundo plano, o directamente ocultos en las tinieblas. Pese a estar rodada sin grandes medios y bajo una estética en general naturalista, no es esto lo que hace cojear a la cinta, sino, sobre todo, los saltos temporales que sumergen en aguas demasiado turbias el relato de la relación de una pareja sin gancho, de la que pronto perdimos el interés. De la actitud de la banda tampoco podemos hablar maravillas, ya que la puesta en escena condenaba al estatismo incluso al drámatico Brett Anderson. Por todo ello, sentimos un cierto alivio cuando el ostinato de cuerdas de When You Were Young’ augura que el círculo se cierra.

Tras el épico final, llegó el respiro a una presentación lineal de este Night Thoughts en el que no creemos haber profundizado con la proyección en su posible concepto. La propuesta visual, interesante pero nada más, no hizo justicia a un disco tan digno que, quizá, podría sostenerse por sí solo en vivo.

10 canciones con un piano cabezón

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Testarudo: obstinado, perseverante, insistente.

Valga la definición porque quizá el título de esta entrada no deja del todo claro cuál es la línea transversal que une los diez temas que vamos a (re)descubrir en los siguientes párrafos. Lo que comparten estas canciones no es más que un piano testarudo o, hablando en plata, un piano cabezón.

Siendo tajantes, lo cierto es que no hay un piano más cabezón que éste:

Aquí se ve claro. La misma nota una y otra vez. No hay más, es puro punk. Cualquiera de nosotros podría subir al escenario y tocar la parte del piano junto a Iggy Pop, Mike Watt y compañía.

En armonía, se llama pedal a la repetición de un mismo sonido mientras se suceden diferentes acordes. El siguiente nivel de esta técnica compositiva consistiría en repetir no un solo sonido sino una frase, lo que se conoce como ostinato. Así que hablar de testarudez o cabezonería del piano no era una analogía muy desacertada.

Más analogías: los recientemente popularizados drones deben su nombre a su parecido con insectos voladores que emiten un drone, en castellano un zumbido. Pues bien, al pedal que aquí nos ocupa también se le llama drone en inglés, término que ha pasado a convertirse en todo un género para incluir a la música cuya característica principal es sostener o repetir en el tiempo un mismo sonido.

Como si de un mosquito zumbón se tratara, o -peor aún- como si un niño pequeño golpeara sin parar el plato con la cuchara (recordemos: el piano son cuerdas percutidas), el pedal añade al ambiente un extra de tensión, dado que además es, casi siempre, una nota muy aguda. Por eso no es raro encontrarlo como broche de oro de una canción: en el clímax, la apoteosis, el grand finale.

Ahora sí, tras las necesarias explicaciones, estamos listos para encontrar el piano cabezón y disfrutar de estos diez temazos.

Jim O’Rourke – Simple Songs (2015)

 

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A estas alturas, poco le importaría a Jim O’Rourke ser reconocido ampliamente como un grande de esto, pero para algunos ya lo es. Su principal talentoes la volatilidad: nunca sabemos qué estilo va a tomar para el siguiente álbum, la siguiente canción, o incluso el siguiente compás. Así que, paradójicamente, resulta chocante que opte aquí por un sonido más o menos clásico, generalmente entre el pop de cámara y el piano rock de los setenta.

Y la otra sorpresa: el cantautor vuelve a cantar. Las primeras palabras que nos dedica el de Chicago en 14 años podríamos devolvérselas como el eco: Nice to see you once again / Been a long time, my friend. Desde el indie-rock de aquel Insignificance (2001), hasta esta “Friends With Benefits” inicial, no le oíamos fabricar una canción al estilo tradicional: con su voz –ahora más madura que nunca–, sus estrofas, y su… bueno, ese arrebato del final, que solo puede ser obra de un geniecillo siempre a la busca de nuevos horizontes.

Con su luminosidad y concisión, esta primera pieza nos propulsa a escuchar el resto del conjunto sin temor a toparnos con las cualidades dispersivas de otros discos de O’Rourke, como aquel The Visitor, su último álbum normal. Después de este primer pico, el segundo corte funciona como transición a ritmo de compás de amalgama. Imposible predecir los golpes de la batería. De ahí viajamos vivos a la tercera canción, “Half Life Crisis”, donde, primero el piano saltarín de cabaret, y después el resto de instrumentos, nos trasladan al glam de los trabajos de David Bowie junto a Mick Ronson. Incluso en la siguiente “Hotel Blue”, el timbre de voz de Jim y sus coros pueden recordar al mito inglés.

Llegados al clímax desgañitado de este cuarto tema, podemos avistar ya que este Simple Songs se caracteriza sobre todo por esa volatilidad que mencionábamos al principio. El ex miembro de Sonic Youth hace mutar cada canción modulando tonalidades, ritmos y texturas como sólo los más ambiciosos pueden lograr. Aunque lo niegue, el espejo en que se mira no es sino el de los grupos progresivos, como sus adorados Genesis. La inefable “Last Year” y la dolorida “End of the Road” son ejemplos de ello.

En estos ocho temas, Jim es, a su manera, un crooner del rock clásico. La épica coda de “All Your Love” pertenece, sin duda, a aquella era. Es fácil imaginarse al músico, encerrado en su domicilio de Tokio, ataviado con una de sus rebecas y revisando enteramente, canción por canción, su colección de viejos discos, mientras, como en la cubierta del álbum, da la espalda a todo lo que no sea hacer música.

Así es el hombre, así son también unas letras –crípticas en su sencillez, irónicas hasta rozar lo violento–, que promueven su fama de misántropo. Distancia que potencia un aura misteriosa. Y el misterio innegablemente otorga elegancia, pero es mayor la que destilan en todo momento los arreglos de cuerda, el piano, la voz.

Quizá queriendo seguir con su juego de distancias y ocultación, no es difícil percibir que, en la mezcla, la voz queda más enterrada de lo habitual, y que, en el otro extremo, es la batería la que adquiere mayor presencia. Muchos seguidores de O’Rourke se han rasgado las vestiduras, pues esperaban el carácter brillante y aterciopelado de algunos de sus trabajos al mando de la grabación y mezcla, como los aclamados Ys, de Joanna Newsom, Yankee Hotel Foxtrot, de Wilco, o su propio álbum Eureka. Pero seguro que Jim sabe lo que hace y tiene sus razones. Lo malo de este asunto y de la pequeña polémica desatada es que pueden disipar la gran atención que merecen estas Simple Songs a nivel compositivo.

Porque este álbum es emocionante, cantable y hermoso. Quizá no sea el más innovador de la temporada, pues bebe de instrumentaciones y modelos reconocibles; pero es muy inteligente, impredecible como un buen viaje y, por ello, duradero, casi inagotable. Algo que pocos discos consiguen hoy en día.