Mes: septiembre 2016

Crónica del festival Dcode 2016

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Por: Jesús Boyero

(Publicada originalmente en Indiespot)

Es fácil darse cuenta de que el Dcode es un evento venido a menos, y no solamente porque sus últimas ediciones hayan durado una jornada en lugar de dos, como solía ser. En esta ocasión, por ejemplo, percibimos su escasa masificación, que es, sin embargo, positiva a la hora de pedir comida y bebida. Pero es que, además, el cartel de este año proclamaba a gritos la necesidad del festival de aglutinar al mayor rango de públicos posible. Prevenidos de esto, nos disponíamos a dejarnos sorprender por la variedad y extrañeza de la propuesta musical.

Nuestra jornada empezó a media tarde, en las postrimerías de la actuación de Jimmy Eat World. Los imprevistos nos impidieron estar a tiempo para disfrutar de todo el set de rock alternativo de corte emo con el que la banda de Arizona alcanzó cierta popularidad allá por el cambio de siglo. Por suerte, llegamos en pleno vendaval guitarrero con ‘Sweetness‘ y pudimos apreciar cómo la energía de la banda obtenía gran respuesta del público, entregado a corear ‘The Middle‘.

Un buen comienzo que no tuvo continuación con Oh Wonder, enésimo dúo inglés de pop indie buenrollista inofensivo. Ni siquiera un solo de saxo nos sacó del letargo, así que fuimos a coger sitio para una de las actuaciones más esperadas, la de los estadounidenses Eagles of Death Metal, que habían cancelado su paso por Madrid en dos ocasiones recientes, una de ellas cuando su gira se vio truncada por los atentados de noviembre en París. La banda de Jesse Hughes y el ausente Josh Homme es de esas que ganan –y mucho– con el directo. El show que monta su alocado frontman es siempre digno de verse: poses, bailes, lanzamiento infinito de púas, interacción con sus colegas y con el público (especialmente el femenino) y, entre canción y canción, parecía encarnar a un predicador devoto del rock and roll con sus speeches cachondos –recordemos que tiempo atrás “The Devil” Hughes escribía discursos para el Partido Republicano yanqui.

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Todo esta parafernalia deja en segundo plano la parte musical, que está lejos de la excelencia. Más aún cuando su hard rock simple pero sexy es perjudicado por un sonido deficiente, como fue el caso. La voz de Jesse, sin ir más lejos, sonaba bastante baja, y el colmo vino cuando el solo de guitarra de su versión de ‘Moonage Daydream‘ apenas podía oírse. Eso sí, la invocación al espíritu de David Bowie nos puso los pelos de punta. La cosa acabó en alto, con la estupenda ‘Speaking in Tongues‘, seguida por devaneos como el ‘Ace of Spades‘ de Motörhead a cargo de bajista y batería y finalmente cerrando con un reprise. Pero pese a este esprint final, nos quedamos con el regusto del dicho popular: “mucho lerele y poco lorolo”.

Las siguientes actuaciones no parecían hechas para nosotros, de modo que las vimos de reojo. Primero vino Zara Larsson, especie de Rihanna sueca que cantaba electropop acompañada de cuatro bailarinas y, ya de noche, los irlandeses Kodaline no pudieron convencernos para acercarnos a ver su mezcla de folk pop a lo Mumford & Sons (coros, armónica, etc.) y baladas con piano cercanas al estilo de Coldplay. Por si la falta de personalidad propia fuera poco, al cantante se le escapó algún que otro gallo.

Aprovechamos para cenar durante Love of Lesbian y, atraídos por la mitología, vimos a Bunbury. Puede que tenga más tablas que ninguno de los artistas del Dcode, pero al perro viejo le falta vida y espontaneidad. Sus poses supuestamente intensas no engañan: el repaso a sus composiciones de aires latinos, cabaret y blues, y la cosecha de temas míticos de Héroes del Silencio bajo un envoltorio artificial se nos hizo, por desgracia, tedioso. Sin variación dinámica ni hueco para la sorpresa, de poco vale la voz privilegiada a lo Elvis o tener en plantilla a Jordi Mena y su guitarra.

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Otra razón por la que la actuación del aragonés se nos hizo larga es que esperábamos con ganas a los británicos Jungle. Ante el dilema de ver a los ingleses o degustar un plato nacional que no suele fallar al estómago –Triángulo de Amor Bizarro–, nos decantamos por el synth funk con tintes soul y desde el primer instante supimos que no nos habíamos equivocado: la intensidad alcanzó cotas excelsas y la coralidad del colectivo cedía el protagonismo a ritmos y timbres irresistibles. Asomaron canciones que acabarán en su segundo disco, para el que no sospechamos un gran salto, pero todas las piezas dieron la talla, gracias al sonido perfecto y a la intensidad del directo. Junto a los temas nuevos, la guinda la pusieron sus personales hits como ‘Busy Earnin‘ y ‘Time‘, que desataron irremediablemente el baile y la sonrisa.

Con este buen sabor de boca, una nueva disyuntiva: el desparrame de 2manydjs o bien Delorean y sus texturas atmosféricas. Y aunque los belgas quisieron seducirnos desde el comienzo pinchando ‘What Time Is Love?‘ de KLF en su versión más trallera, optamos por la naturalidad que se le supone a un grupo con instrumentos. Pero hubo poca: pese a contar con batería, guitarras y sintes, el grupo de Zarauz abusó del pregrabado y la voz de Ekhi se escuchaba perdida en la masa sonora. En su repaso al reciente Muzik faltaron variaciones dinámicas y gancho para cautivar al público, y sólo en momentos contados fuimos abducidos por un ambiente o un crescendo, como en la espiral de ‘Limbo‘ o en el tema que da título al disco. En un segmento posterior del concierto cogieron las guitarras, pero no por ello el sonido se hizo más orgánico. En definitiva, faltó enjundia y echamos de menos viejas tonadas, pero al menos el sampleo de ‘Ride On Time‘ de Black Box fue un grato clímax final.

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Con curiosidad pero pocas fuerzas nos asomamos a ver qué había preparado el productor Mark Ronson, que cuenta en su haber con un extenso currículum de colaboraciones con estrellas. Las peores sospechas se cumplieron: un triste DJ set que pretendía desatar la euforia a base de éxitos de artistas como Kanye West o Kendrick Lamar. El panorama no invitaba a quedarse y a los pocos minutos decidimos cerrar nuestro Dcode 2016, llevándonos un sabor un tanto amargo.

Sirva entonces una pequeña historia para hacer una reflexión en positivo. Al poco de salir del recinto del festival, topamos con un trío de almas errantes que nos invitaron a conversar junto a sus autocaravanas. Uno de los chicos y su pareja se habían acercado al festival para ver, por fin, a Eagles of Death Metal. En un momento dado, él sacó su armónica y se arrancó a tocar unas pocas notas. La breve melodía no solo alivió nuestro disgusto, sino que en apenas diez segundos de interpretación con el pequeño instrumento sentimos más que lo que seguramente hubiéramos obtenido en hora y media de Mark Ronson tocando botones. Un momento que permanecerá en la memoria y que pertenece a esa clase de anécdotas que quizá solamente suceden en festivales. Por ello, deseamos que el Dcode siga celebrándose por muchos años pero, a nuestro modo de ver, puede y debe mejorar.

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