Animal Collective en Primavera Sound 2016

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Foto: Xarlene

Por: Jesús Boyero

(Publicado originalmente en Indiespot)

Quienes estén familiarizados con Animal Collective no debieron sorprenderse demasiado con su quinto directo ya en el festival. La cosa pintaba bien porque los de Baltimore presentaban Painting With, un álbum con mucho bombo y poca carga atmosférica, es decir, más propicio para el baile. Baile –eso sí– de mutantes, como la representación picassiana elegida para decorar el escenario, sobre el cual el trío se situaba en primer plano a lo Kraftwerk, quedando detrás un percusionista.

Con Panda Bear liberado de la batería, las fastuosas tareas vocales fueron bien cubiertas y los cabeceos de Geologist al son deGolden Gal’ o Natural Selection’ presagiaban que la cosa iba a ser disfrutable, a pesar de que el último trabajo sea el menos inspirado de la banda en mucho tiempo. Sin embargo, la ausencia de las canciones favoritas o más identificables por la mayoría, unida a la inmovilidad de los animales enfrascados en sus aparatos, no tardó en provocar la distracción de parte de la audiencia, que quizá seguía comentando “lo de Radiohead”.

Fue un largo interludio de experimentación sonora lo que confirmó que nos encontrábamos en una actuación con el sello genuino de Animal Collective. La inesperada –por lejana e introspectiva– ‘Loch Raven’ encogió al público para bien o para mal, y con ella se hacía de rogar un crescendo para cerrar con la aprobación de todos, de modo que optaron por rematar con la inevitable ‘FloriDada’, el momento más álgido y sudoroso de un concierto heterogéneo y rarito, como reivindican en todo lo que hacen.

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Los Hermanos Cubero en Primavera Sound 2016

Por: Jesús Boyero

(Previa publicada originalmente en Indiespot)

Con el atrevimiento propio de un festival de mente abierta, el Primavera da cabida también a una de las notas más paradójicamente exóticas del cartel. Sobre cadencias cabalgantes, este dúo de cordaineros de La Alcarria proclama con orgullo su abrazo a lo tradicional: “Estas son nuestras armas / mandolina y guitarra / para quien quiera escucharlas”. No son principiantes ni muy jóvenes, pero, tras editar varias referencias en años recientes, el afán de Los Hermanos Cubero en cavar en las semejanzas entre el folclore castellano y el estadounidense ha logrado traspasar la frontera del circuito folk y lograr la atención de El Segell del Primavera, que distribuye su recién estrenado Arte y Orgullo.

Hay dos incógnitas por despejar en un marco a priori impropio para una propuesta tan bucólica: veremos cómo se las arreglan para defender su minimalista puesta en escena y, sobre todo, cómo responde el público a la singularidad de los hermanos.

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(Crónica publicada originalmente en Indiespot)

Estos dos tienen algo. Cuales jinetes expertos tanto en doma como en salto ecuestre, los hermanos castellanos superaron con elegancia y holgura una triple barrera: tiempo, espacio, y perspectiva. Llevados por los ritmos ternarios con cadencia de trote o galope, su victorioso ejercicio tuvo lugar a) en una hora reservada para actuaciones que suscitan interés menor; b) en un escenario escondido e invadido, por momentos, de sonido exterior; y c) ante un público que –suponemos– se acercaba más por curiosidad que por conocimiento o devoción.

Lo hicieron como siempre han hecho. Enfundados en sus impecables trajes y armados de mandolina y guitarra, el dúo repasó principalmente las mejores tonadas del sólido trabajo que presentan esta temporada. Con temas cercanos a la canción protesta, como ‘Por ganarme la vida’ y ‘Trabajando en la MCA’, y trances más emocionales que nunca (‘Maldita urraca’, ‘El ebanista de Alcalá’), defendieron su mezcla de música de raíz castellana y estadounidense con Arte y Orgullo. Pero la herramienta secreta de los artesanos de La Alcarria para llevarse el corazón de los congregados fue otra: el humor. Con la llaneza de unas pocas bromas entre canción y canción, hicieron brotar el interés y la sonrisa de todos y mantener la función siempre en lo alto.

Las únicas pegas fueron dos. Por un lado, la preeminencia del canto sobre las cuerdas en la mezcla, que aunque inducía a deleitarse en la melismática voz de Enrique, no dejaba lugar para apreciar el virtuosismo de Roberto en la mandolina. A ello se sumaba, en el tramo final del concierto, la irrupción en la gruta del ruido procedente de otro escenario. Con humor –cómo no–  se lo tomaban ellos mientras seguían a lo suyo, ‘Fabricando buenos tiempos’. Así, con una inmejorable despedida quedamos muy agradecidos de la inclusión en la oferta del festival de una propuesta menos moderna pero tan atractiva como las mejores.

Destroyer en Primavera Sound 2016

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Foto: Xarlene

Por: Jesús Boyero

(Publicado originalmente en Indiespot)

Dan Bejar parece haber encontrado, en años recientes, la serenidad en un estilo que es un híbrido entre –por favor, léase bajito– el Lou Reed de Transformer y el Bryan Ferry de Avalon, sobre todo en instrumentación y cadencia, pero también en la pose bohemia de ambos personajes. En la quietud del atardecer, el cantautor canadiense aparentaba esa misma serenidad sobre el escenario, sin perder de vista la bebida, mientras ofrecía, junto a su banda, temas casi exclusivamente de sus dos últimos elepés.

Ofrecía pero no desgranaba: por momentos la sofisticada calma que hemos mencionado se podía tornar en languidez durante el primer tramo de concierto (‘Chinatown’, ‘The River’). Más aún cuando ni Bejar ni su banda entregaban apenas estímulo visual. Para más inri, el sonido no era tan fino como quisiéramos, tal vez porque la reverberación queda mejor en estudio. Se nos hubiera antojado que tocaran la preciosa Girl in the Sling’, porque la sensación percibida era que el conjunto brillaba más cuando había pocos instrumentos en juego. El gallinero formado en pleno ritual tampoco ayudaba, y ni siquiera ‘Kaputt’ logró dominar la situación, lo que sí consiguió la agitada ‘Dream Lover’.

De ahí  –sexta pieza de un total de diez– en adelante se notó un crescendo en la respuesta del público, instigado principalmente por los arreones funk de ‘Midnight Meet the Rain’ y por el suspense que crea el largo desarrollo de ‘Bay of Pigs’. Gracias a ello, si seguimos la máxima de que no importa cómo se empieza sino cómo se acaba, se salvó una actuación a la que se le puede pedir más.

Suede en el Primavera Sound 2016

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Foto: Pablo Luna Chao.

Por: Jesús Boyero

(Publicado originalmente en Indiespot)

Miércoles 

La jornada del miércoles en el Fórum tenía como plato fuerte la primera de las dos actuaciones de Suede en el festival. En esta primera encarnación, tanto la elección de canciones como el desempeño de Brett Anderson –auténtico corazón de la banda en directo– se ajustaron a grandes rasgos a lo que cabe esperar ante un público masivo en un concierto gratuito: colección de hits de juventud en lo musical, y teatralidad e interacción en lo físico.

Tras la obviedad de ‘Introducing the Band’, fue una agradable sorpresa escuchar ‘Outsiders’, single del reciente Night Thoughts que, pensábamos a priori, reservarían para el día siguiente en el Auditori. En estos primeros compases, en los que además la suma de instrumentos nos pareció sonar demasiado compacta, Brett optaba por mostrarse únicamente de perfil, lo que nos dejaba un poco fríos. Fue a partir de ‘Trash’ cuando el felino frontman empezó a disparar su batería de saltos, genuflexiones, carreras y sing-alongs, y se metió al público en el bolsillo a ritmo de Filmstar’, ‘Animal Nitrate’ y ‘We Are the Pigs’. El espectáculo era Anderson, que hacía olvidar cualquier otro aspecto del concierto, y en su hora y cuarto de duración, la voz no se resintió del esfuerzo. Hubo también espacio para el intimismo en ‘Sometimes I Feel I’ll Float Away’, ‘Still Life’ y una versión acústica de ‘She’s in Fashion’ ya en los bises, donde la única percusión fueron las palmas del público. Para satisfacer los paladares ávidos de glam noventero no faltaron en el menú The Drowners’, ‘Metal Mickey’, ‘The Beautiful Ones’ ni So Young’, pese al solo de piano un tanto dubitativo en esta última.

En definitiva, sin grandes sorpresas, pero empujados por la energía y el sudor de su incombustible maestro de ceremonias –cuya camisa quedó destrozada por el cariño de las primeras filas–, Suede cumplieron con nota su papel como concierto de presentación del festival. Para la tarde del jueves quedaba la cara B.

Jueves

Estábamos expectantes ante el anuncio de la ejecución de Night Thoughts, el último trabajo de los ingleses, acompañada de un conjunto de imágenes “creado para la ocasión” por Roger Sargent. Ante este apercibimiento, la referencia de los seguidores de la banda no podría ser otra que las proyecciones ideadas por Derek Jarman en 1993 para el directo de aquellos Suede en su plenitud creativa. Pero mejor era no hacerse muchas ilusiones.

La película proyectada en el escenario del Auditori sobre la pantalla tras la que se situaba el quinteto no hacía justicia a un álbum notable y dejaba a los músicos o bien en un segundo plano, o directamente ocultos en las tinieblas. Pese a estar rodada sin grandes medios y bajo una estética en general naturalista, no es esto lo que hace cojear a la cinta, sino, sobre todo, los saltos temporales que sumergen en aguas demasiado turbias el relato de la relación de una pareja sin gancho, de la que pronto perdimos el interés. De la actitud de la banda tampoco podemos hablar maravillas, ya que la puesta en escena condenaba al estatismo incluso al drámatico Brett Anderson. Por todo ello, sentimos un cierto alivio cuando el ostinato de cuerdas de When You Were Young’ augura que el círculo se cierra.

Tras el épico final, llegó el respiro a una presentación lineal de este Night Thoughts en el que no creemos haber profundizado con la proyección en su posible concepto. La propuesta visual, interesante pero nada más, no hizo justicia a un disco tan digno que, quizá, podría sostenerse por sí solo en vivo.

10 canciones con un piano cabezón

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Testarudo: obstinado, perseverante, insistente.

Por: Jesús Boyero

Valga la definición porque quizá el título de esta entrada no deja del todo claro cuál es la línea transversal que une los diez temas que vamos a (re)descubrir en los siguientes párrafos. Lo que comparten estas canciones no es más que un piano testarudo o, hablando en plata, un piano cabezón.

Siendo tajantes, lo cierto es que no hay un piano más cabezón que éste:

Aquí se ve claro. La misma nota una y otra vez. No hay más, es puro punk. Cualquiera de nosotros podría subir al escenario y tocar la parte del piano junto a Iggy Pop, Mike Watt y compañía.

En armonía, se llama pedal a la repetición de un mismo sonido mientras se suceden diferentes acordes. El siguiente nivel de esta técnica compositiva consistiría en repetir no un solo sonido sino una frase, lo que se conoce como ostinato. Así que hablar de testarudez o cabezonería del piano no era una analogía muy desacertada.

Más analogías: los recientemente popularizados drones deben su nombre a su parecido con insectos voladores que emiten un drone, en castellano un zumbido. Pues bien, al pedal que aquí nos ocupa también se le llama drone en inglés, término que ha pasado a convertirse en todo un género para incluir a la música cuya característica principal es sostener o repetir en el tiempo un mismo sonido.

Como si de un mosquito zumbón se tratara, o -peor aún- como si un niño pequeño golpeara sin parar el plato con la cuchara (recordemos: el piano son cuerdas percutidas), el pedal añade al ambiente un extra de tensión, dado que además es, casi siempre, una nota muy aguda. Por eso no es raro encontrarlo como broche de oro de una canción: en el clímax, la apoteosis, el grand finale.

Ahora sí, tras las necesarias explicaciones, estamos listos para encontrar el piano cabezón y disfrutar de estos diez temazos.

 

Jim O’Rourke – Simple Songs (2015)

 

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Por: Jesús Boyero

A estas alturas, poco le importaría a Jim O’Rourke ser reconocido ampliamente como un grande de esto, pero para algunos ya lo es. Su principal talentoes la volatilidad: nunca sabemos qué estilo va a tomar para el siguiente álbum, la siguiente canción, o incluso el siguiente compás. Así que, paradójicamente, resulta chocante que opte aquí por un sonido más o menos clásico, generalmente entre el pop de cámara y el piano rock de los setenta.

Y la otra sorpresa: el cantautor vuelve a cantar. Las primeras palabras que nos dedica el de Chicago en 14 años podríamos devolvérselas como el eco: Nice to see you once again / Been a long time, my friend. Desde el indie-rock de aquel Insignificance (2001), hasta esta “Friends With Benefits” inicial, no le oíamos fabricar una canción al estilo tradicional: con su voz –ahora más madura que nunca–, sus estrofas, y su… bueno, ese arrebato del final, que solo puede ser obra de un geniecillo siempre a la busca de nuevos horizontes.

Con su luminosidad y concisión, esta primera pieza nos propulsa a escuchar el resto del conjunto sin temor a toparnos con las cualidades dispersivas de otros discos de O’Rourke, como aquel The Visitor, su último álbum normal. Después de este primer pico, el segundo corte funciona como transición a ritmo de compás de amalgama. Imposible predecir los golpes de la batería. De ahí viajamos vivos a la tercera canción, “Half Life Crisis”, donde, primero el piano saltarín de cabaret, y después el resto de instrumentos, nos trasladan al glam de los trabajos de David Bowie junto a Mick Ronson. Incluso en la siguiente “Hotel Blue”, el timbre de voz de Jim y sus coros pueden recordar al mito inglés.

Llegados al clímax desgañitado de este cuarto tema, podemos avistar ya que este Simple Songs se caracteriza sobre todo por esa volatilidad que mencionábamos al principio. El ex miembro de Sonic Youth hace mutar cada canción modulando tonalidades, ritmos y texturas como sólo los más ambiciosos pueden lograr. Aunque lo niegue, el espejo en que se mira no es sino el de los grupos progresivos, como sus adorados Genesis. La inefable “Last Year” y la dolorida “End of the Road” son ejemplos de ello.

En estos ocho temas, Jim es, a su manera, un crooner del rock clásico. La épica coda de “All Your Love” pertenece, sin duda, a aquella era. Es fácil imaginarse al músico, encerrado en su domicilio de Tokio, ataviado con una de sus rebecas y revisando enteramente, canción por canción, su colección de viejos discos, mientras, como en la cubierta del álbum, da la espalda a todo lo que no sea hacer música.

Así es el hombre, así son también unas letras –crípticas en su sencillez, irónicas hasta rozar lo violento–, que promueven su fama de misántropo. Distancia que potencia un aura misteriosa. Y el misterio innegablemente otorga elegancia, pero es mayor la que destilan en todo momento los arreglos de cuerda, el piano, la voz.

Quizá queriendo seguir con su juego de distancias y ocultación, no es difícil percibir que, en la mezcla, la voz queda más enterrada de lo habitual, y que, en el otro extremo, es la batería la que adquiere mayor presencia. Muchos seguidores de O’Rourke se han rasgado las vestiduras, pues esperaban el carácter brillante y aterciopelado de algunos de sus trabajos al mando de la grabación y mezcla, como los aclamados Ys, de Joanna Newsom, Yankee Hotel Foxtrot, de Wilco, o su propio álbum Eureka. Pero seguro que Jim sabe lo que hace y tiene sus razones. Lo malo de este asunto y de la pequeña polémica desatada es que pueden disipar la gran atención que merecen estas Simple Songs a nivel compositivo.

Porque este álbum es emocionante, cantable y hermoso. Quizá no sea el más innovador de la temporada, pues bebe de instrumentaciones y modelos reconocibles; pero es muy inteligente, impredecible como un buen viaje y, por ello, duradero, casi inagotable. Algo que pocos discos consiguen hoy en día.

5 canciones pop con un saxo legendario

Lisa-s-first-time-with-the-sax-lisa-simpson-640763_512_384“A veces una canción necesita un elemento para terminarla, y sabes que ese elemento ha sido usado en exceso en el pasado y es visto como cursi o estereotipado, pero la canción lo necesita”.

Son palabras de Anthony Gonzalez, líder de M83, al ser preguntado por el solo de saxo de su ya mítica Midnight City. No le falta razón al músico francés, porque, ya sea en forma de solo o de un inspirado riff, el sonido del saxofón suele resultar celestial en nuestros oídos.

La primera canción que seguramente viene a la cabeza cuando uno piensa en una sección inolvidable de saxo es Baker Street, de Gerry Rafferty. Quizá su título no sea muy recordado, pero esta es “esa canción que toca Lisa” al final del episodio Los Simpson en el que se cuenta por qué la hija pequeña (uy no, mediana) de Homer empezó a tocarlo. Por cierto, el intérprete original asegura que el solo está desafinado (¡!).

Hay en nuestra pequeña lista otro caso -como el anterior- de tema ya clásico que puede ser más reconocido por una aparición más reciente. Se trata de Infinity, que arrasó en las listas de éxitos europeas tanto en 1990 como en su actualización de 2008. Aquí preferimos la original de Guru Josh, que para los nostálgicos es bastante más afortunada.

Por su parte, los siempre grandilocuentes Pink Floyd decidieron emplear no un saxofón sino varios, con diferentes registros, para la sideral parte V de Shine on You Crazy Diamond. Por eso no podía faltar aquí. Atención también al genial cambio de compás (de 6/8 a 4/4).

Para acabar el quinteto tenemos una pequeña sorpresa, un tema menos conocido. Cosa de gustos personales: El Guincho y su Muerte Midi.

¿Crees que nos dejamos alguna? Ahí tenéis los comentarios.

P.D.: Nuestro aplauso es para los intérpretes de estas secciones de saxofón, que no suelen aparecer con grandes letras. Aquí son James King (1), Raphael Ravenscroft (2), Dick Parry (4)… y no hemos encontrado a los otros dos.

EXTRA: Un poco de experimentación saxofonil a cargo de Colin Stetson.

Tres canciones sobre la masturbación

Podríamos poner más, pero en el sexo y en la música vale más la calidad que la cantidad. Aquí van tres buenas canciones cuyas letras aluden de forma más o menos explícita al acto onanista.

En She don’t use jelly, The Flaming Lips hablan de un tipo que “suena su nariz” con revistas. El ya clásico Hawaii-Bombay de Mecano señala la importancia de la ambientación. Y los Who no se cortan al describir la pericia manual de Mary Anne with the Shaky Hand, mientras de fondo suena un “sutil” güiro.

Tres formas diferentes de sentirse bien acompañado en un trance normalmente solitario, y de regalo un momento voyeur con la Persiana americana de Soda Stereo.

Studio – West Coast (2006)

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La vida es una playa, dice uno de los temas de este álbum. Dejando de lado el juego de palabras en inglés, el título no sorprende en el disco definitivo –con permiso de John Talabot–  del Balearic Beat, género veraniego como pocos.

Sea como sea, las playas tienen para todos algo, algo mágico, casi surreal, como bien sabía Fellini cuando situaba sus finales allí. De día o de noche, la playa suele ser el mejor lugar imaginable donde estar en verano.

Estos suecos (y ya son muchos buenos productores allí arriba) nos transportan a playas baleares –o escandinavas, no sé– para relajarnos con la brisa, bailar como en los tiempos de los Happy Mondays, o quedar en trance; todo a base de electrónica con ecos blueseros.

Un disco tan redondo como su portada.

Jolly Music – Jolly Bar (2000)

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“Los Daft Punk italianos”, dicen por ahí. Pero a mí este desconocido álbum me recuerda más bien a la cumbre del mix variopinto: el Since I Left You de The Avalanches.

Porque, como aquél, este es un refrescante cóctel de géneros girando en una batidora: principalmente nu-disco y funky house bañados en la brisa mediterránea, pero también percusiones brasileras, viejos vinilos clásicos, guitarras espaciales a lo Pink Floyd y hasta un sample de Julio Iglesias (¡!).

Ideal para amenizar la espera del deseadísimo segundo álbum de los reyes del sampleado, degustando una obra menos barroca, pero casi igual de veraniega.

NOTA: como indican las dos portadas, hay dos versiones de este disco. La que os dejo aquí es mi favorita, pero yo pude descargar ambas (creo) en soulseek.